
¿Quién cuida a los que cuidan en el aula? Mientras la guerra impone una presión extrema sobre el sistema educativo, la exigencia de proyectar una calma inquebrantable frente a los alumnos está empujando a los docentes hacia cuadros de agotamiento y depresión clínica.
En contextos de conflicto armado, una situación que en Israel es lamentablemente muy habitual, ocultar el miedo propio para sostener la resiliencia ajena se convirtió en un factor de riesgo que amenaza con quebrar la salud mental de los maestros.
A menudo se considera a los docentes como los primeros en responder ante situaciones de crisis, pero un nuevo estudio longitudinal, preparado por expertos de la Universidad Ben-Gurion del Negev, en el sur del país, advierte que este rol conlleva un importante costo psicológico.
La investigación, publicada en la revista científica Teaching and Teacher Education, reveló que la expectativa de que maestros y maestras proyecten calma y afecto hacia sus alumnos, reprimiendo al mismo tiempo su propio miedo, puede provocar un agotamiento severo y depresión clínica si no se gestiona adecuadamente.
El estudio, dirigido por la candidata a doctorado Shahar Nudler-Muzikant y el doctor Moti Benita, de la Facultad de Educación de la universidad, puso en marcha un seguimiento de 259 educadores durante tres periodos críticos de la guerra Espadas de Hierro, que estalló tras el ataque terrorista del 7 de octubre del 2023.
Trabajo docente… y emocional
Desde la universidad señalaron que los hallazgos del estudio ofrecen una visión aleccionadora del «trabajo emocional» que deben realizar los docentes en zonas de conflicto, una realidad que «sigue siendo sumamente relevante, ya que los educadores continúan manteniendo sus rutinas en medio de constantes amenazas a la seguridad».
Los investigadores distinguieron dos estrategias principales que los docentes utilizan para gestionar sus emociones: la «actuación profunda» (un intento sincero de canalizar las emociones necesarias, como calma y afecto) y la «actuación superficial» (fingir u ocultar sentimientos auténticos de miedo y estrés).
El trabajo reveló que la motivación detrás de estas estrategias es el predictor más importante de la salud mental. Cuando los docentes realizan este trabajo emocional porque se identifican genuinamente con su rol de cuidadores (motivación intrínseca), experimentan menos angustia.
Sin embargo, cuando se sienten obligados por presiones externas, como las expectativas de los padres o la administración, aumenta el riesgo de un colapso psicológico.
La sombra de la depresión
Durante el trabajo, los expertos recolectaron datos clínicos que no dudaron en caracterizar como «alarmantes». Esa información, recopilada a partir de diciembre del 2023 «revelan la fragilidad que sentían muchos docentes», indicó el reporte.
Inicialmente, el 25 por ciento de maestros, maestras y profesores reportó síntomas graves de depresión y ansiedad. Si bien algunos síntomas disminuyeron a lo largo de seis meses, los niveles se mantuvieron elevados:
- – Umbrales clínicos: Aproximadamente el 40 por ciento de los docentes reportó niveles de ansiedad y depresión que superaban los umbrales clínicos.
- – Síntomas graves: Alrededor del 12 por ciento padecía depresión grave y el cinco por ciento ansiedad grave, tasas notablemente superiores a las observadas en la población general en situaciones normales.
«En tiempos de guerra, el docente suele ser el primer apoyo para los niños, pero ¿quién apoya al docente?«, se preguntó Nudler-Muzikant, autora principal del estudio.
«Nuestra investigación demuestra que no basta con pedir a los docentes que ‘sean fuertes’ y gestionen sus emociones —continuó la investigadora—. Si siente que se le impone la resiliencia como una exigencia externa, puede colapsar».
Una situación que se repite demasiado a menudo
Según Nudler-Muzikant, la clave reside en «desarrollar la identidad educativa de los docentes como cuidadores, que se identifican con su trabajo y reconocen su importancia». Pero, «irónicamente, un sistema que los obliga a lidiar con sus emociones solo aumenta el riesgo de que experimenten altos niveles de angustia», aseveró.
Si bien las conclusiones del estudio se basan en datos del conflicto que explotó en Gaza y otros frentes en octubre del 2023, «también son relevantes hoy en día, durante la guerra actual con Irán, ya que los profesores mantienen la rutina de sus alumnos mientras practican la regulación emocional en el aula», aportó el doctor Benita.
El académico subrayó que, «en un mundo caracterizado por una creciente inestabilidad, impulsada por conflictos internacionales, el cambio climático y la polarización política, los docentes desempeñan un papel cada vez más vital como pilares fundamentales para sus estudiantes».
A ellos, añadió, «se les exige no solo mitigar el impacto emocional de los acontecimientos externos, sino también educar a los estudiantes para que sean ciudadanos reflexivos y comprometidos con la sociedad».
El reporte concluyó que, para mitigar el riesgo de deserción docente, los programas de formación deben centrarse en fomentar la motivación intrínseca y una identidad pedagógica clara.
«Crear un clima escolar que permita a los docentes expresar sus valores, en lugar de fingir una aparente calma, es fundamental para preservar el profesorado durante las crisis mundiales», completaron desde la Universidad Ben-Gurion del Negev.
