El peligroso contagio del virus antisemita. Por Gustavo Szpigiel

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Nadie puede pensar que lo que sucedió en La Plata y Rosario en la última semana son hechos aislados de delirantes que caminaban por la calle y decidieron tirar bombas molotov al frente de instituciones judías o enviar un paquete con artefacto explosivo al titular de la DAIA Rosario. Se sembró una semilla, se inoculó un virus. Y está comenzando a expandirse.

El antisemitismo nunca llega anunciándose como tal. No entra por la puerta principal con uniformes, símbolos extremos o discursos explícitos. Como un virus, se filtra de a poco, disfrazado de corrección política, de indignación selectiva, de consignas aparentemente nobles o de un supuesto compromiso con los derechos humanos. Por eso resulta tan peligroso: porque muchas veces quienes lo reproducen ni siquiera están dispuestos a reconocerlo.

Después del brutal ataque terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre, una gran parte del mundo esperaba una condena contundente y unívoca. Lo que apareció, en cambio, fue un fenómeno alarmante: la rápida mutación del horror en justificación. En universidades, sindicatos, redes sociales, organismos internacionales y espacios culturales comenzó a instalarse una narrativa donde el asesino desaparece y el foco se coloca exclusivamente sobre el judío. Una vez más.

La izquierda argentina, como las del todo el mundo, levantan el «Free Palestine» como su propia bandera. No hay discurso de esos sectores que no mencionen «el genocidio sionista». Y hacen ruido, pese que después, haya solo un 3% que los votan en elecciones.

Vengo escuchando desde hace mucho tiempo que Israel está perdiendo en «la guerra comunicacional», y puede ser cierto; los miles de millones de euros que destinan los países que buscan la eliminación del Estado judío, seguramente fueron a parar al presupuesto de esas organizaciones, donde las Flotillas, marchas y campamentos en Universidades, tratan de poner en superficie «el martirio del pueblo palestino». Casualmente, hace tres años el pueblo ucraniano viene sufriendo la invasión directa a su país por parte de Rusia y nadie lo menciona.

Conmoción: intento de asesinato contra tres alumnos judíos de 14 años a la salida de la escuela

La historia enseña que el antisemitismo funciona como un virus social. Cambia de idioma, de estética y de argumentos según la época. Antes se acusaba a los judíos de ser “apátridas”; luego, de controlar el capitalismo; más tarde, de impulsar el comunismo. Hoy se los demoniza bajo otra etiqueta: la del “sionismo”. El mecanismo, sin embargo, es idéntico. Ya no hace falta decir “odio a los judíos”. Basta con exigirle al único Estado judío del planeta estándares imposibles, negar su derecho a existir o justificar el terrorismo cuando las víctimas son israelíes.

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El problema no es solamente el extremista convencido. El verdadero peligro aparece cuando el antisemitismo empieza a naturalizarse en sectores que se consideran democráticos, progresistas o humanistas. Cuando artistas callan ante secuestros y violaciones pero levantan la voz solo para condenar a Israel o cuando agrupaciones estudiantiles reivindican organizaciones terroristas bajo el disfraz de la resistencia. Cuando periodistas relativizan masacres o convierten a las víctimas en responsables de su propio sufrimiento.

Ahí es donde el contagio se vuelve masivo.

Porque el antisemitismo nunca afecta únicamente a los judíos. Cada vez que una sociedad toleró el odio antijudío, terminó degradando todos sus valores democráticos. El judío suele ser el primer objetivo, pero jamás el último. El antisemitismo es un síntoma de enfermedades más profundas: fanatismo, autoritarismo, intolerancia y desprecio por la vida humana.

También preocupa la velocidad con la que este fenómeno se expande entre jóvenes. Una generación criada en la lógica de las redes sociales, donde el impacto emocional vale más que la verdad y donde la simplificación reemplaza al pensamiento crítico, queda especialmente expuesta a la manipulación ideológica. Videos editados, consignas vacías y campañas virales construyen enemigos perfectos en cuestión de segundos. Y en ese escenario, el judío vuelve a ocupar el lugar histórico del culpable universal.

Pero callar frente a esto no es neutralidad. Es complicidad.

Combatir el antisemitismo no implica discutir políticas de un gobierno ni impedir críticas legítimas hacia Israel, como ocurre con cualquier democracia. La diferencia aparece cuando la crítica se transforma en demonización, cuando se exige la desaparición de un Estado o cuando se celebra el terrorismo dependiendo de quiénes sean las víctimas.

La sociedad tiene la obligación moral de poner límites antes de que el odio deje de ser discurso y vuelva a convertirse en violencia concreta. Porque la experiencia histórica ya demostró que cuando el antisemitismo se normaliza, la barbarie nunca tarda demasiado en llegar. Lo que sucedió en La Plata y en Rosario no fueron avisos de lo que se puede venir. Es la evidencia que ya llegó.

Gustavo Szpigiel

Director de Vis á Vis

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