Contra lo que muchos imaginaron o quisieron imaginar, el antijudaísmo no ha desaparecido. No se extinguió con los avances de la civilización ni con las lecciones de la historia. Permanece, obstinado, como un grano leproso que no cesa. Cambia de formas, de lenguajes, de máscaras, pero no abdica de su núcleo. Es un odio que se renueva sin necesidad de justificación, como si se alimentara de sí mismo. Ni siquiera los propios judíos logran explicarlo. A lo largo del tiempo han ensayado todos los caminos: la integración, la invisibilidad, la contribución al progreso común, la defensa de valores universales. Sin embargo, cada intento de disipar el prejuicio parece, paradójicamente, insuflarle nueva energía. Lo que hacen, ya sea loable o reprochable, se convierte en argumento para la sospecha. Como si el odio no respondiera a hechos, sino a una necesidad previa, arraigada en lo más oscuro de la condición humana.
A lo largo de los siglos, los judíos se destacaron en múltiples ámbitos: la ciencia, el pensamiento, el comercio, las artes. El valor asignado al estudio, al debate, a la formación intelectual desde edades tempranas, generó una tradición que produjo figuras sobresalientes. Ese mismo éxito, en lugar de admiración, muchas veces despertó recelo. Y del recelo al resentimiento hay un paso breve
Sus orígenes se hunden en una antigüedad remota. Atravesó imperios, religiones, sistemas políticos. Mutó sin perder su esencia. Ni Roma, ni la Ilustración, ni las democracias modernas lograron erradicarlo. Al contrario, cada época lo reformuló con los recursos de su tiempo. A veces religioso, otras racial, luego ideológico, hoy también geopolítico. Pero siempre disponible, siempre listo. En el presente, los conflictos en Medio Oriente lo reavivan con especial intensidad. Las tensiones bélicas, lejos de atenuarlo, lo exacerban. Las herramientas de la diplomacia y los discursos de la democracia, que deberían amortiguarlo, resultan a menudo débiles, cuando no impotentes.
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Se ensayan fórmulas que parecen más destinadas a tranquilizar conciencias que a desactivar el problema. El odio, mientras tanto, encuentra nuevos canales para propagarse. Sería ingenuo suponer que su desaparición dependería de la desaparición del pueblo judío. La historia demuestra lo contrario. Hubo persecuciones sistemáticas, expulsiones, conversiones forzosas y exterminios. Hubo momentos en los que el judío intentó diluirse hasta volverse indistinguible. Y, sin embargo, el odio persistió. Como si necesitara de esa figura, incluso en ausencia de ella, para proyectar culpas, frustraciones o temores. Las antiguas narraciones, como la de Purim, evocan amenazas de aniquilación que no pertenecen solo al pasado. En ellas se advierte una constante: la aparición de enemigos que buscan borrar al judío de la historia. No importa el siglo ni el escenario. Cambian los nombres, no el impulso.
Todo indica que el antijudaísmo no es un accidente, sino una expresión profunda de ciertas tendencias humanas: la necesidad de encontrar un culpable, de simplificar lo complejo, de canalizar frustraciones hacia un otro identificable
La coincidencia entre viejos relatos y discursos contemporáneos no debería tranquilizarnos, sino inquietarnos. También se ha intentado explicar este fenómeno mediante la envidia o el miedo. Es cierto que, a lo largo de los siglos, los judíos se destacaron en múltiples ámbitos: la ciencia, el pensamiento, el comercio, las artes. El valor asignado al estudio, al debate, a la formación intelectual desde edades tempranas, generó una tradición que produjo figuras sobresalientes. Ese mismo éxito, en lugar de admiración, muchas veces despertó recelo. Y del recelo al resentimiento hay un paso breve. No pocos debieron ocultar su identidad para sobrevivir. Otros fueron celebrados en vida y condenados después, cuando su origen se volvía visible o incómodo. La historia registra innumerables casos de talentos obligados a disfrazarse para evitar el castigo. Es un fenómeno que revela hasta qué punto el prejuicio puede imponerse incluso sobre la evidencia del mérito.
Resulta igualmente notable que, dentro de la propia tradición judía, haya florecido una persistente vocación por la paz. Sin embargo, esa inclinación no ha garantizado protección ni reconocimiento. Más bien convive con una historia marcada por la vulnerabilidad. Como si la voluntad pacífica no alcanzara frente a fuerzas que operan en otro registro. Todo indica que el antijudaísmo no es un accidente, sino una expresión profunda de ciertas tendencias humanas: la necesidad de encontrar un culpable, de simplificar lo complejo, de canalizar frustraciones hacia un otro identificable. Las condenas morales, aunque necesarias, no han sido suficientes para erradicarlo. Su persistencia desafía a la razón. Queda entonces una pregunta inquietante: si desaparecieran los rasgos que definen la identidad judía, ¿desaparecería también el odio? La experiencia sugiere que no. Porque ese odio no se dirige únicamente a un grupo concreto, sino que responde a una pulsión más amplia, que busca encarnarse en algún objeto. Tal vez por eso, tanto el antijudaísmo como la memoria judía han perdurado con similar tenacidad. Uno como sombra, el otro como afirmación. Ambos revelan, en última instancia, una misma verdad incómoda: que hay odio que no se extingue porque cumple una función en quienes lo sostienen. Y que enfrentarlos exige algo más que buenas intenciones. Exige comprender la raíz de esa necesidad de odiar.
Por Marcos Aguinis en La Nación


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