La Casa Sefarad de Madrid ofrece una exposición sobre Jan Karski, el primer espía polaco que denunció ante los aliados los crímenes de Hitler.
«Lo que más le impresionó fue el gueto de Varsovia. Me dijo que lo quería visitar para poder explicar a Roosevelt lo que pasaba allí. Quería verlo con sus propios ojos y no solo repetir lo que los demás le habían contado. Entró ilegalmente y lo primero que vio fue a un niño medio desnudo echado a un lado de la calle.
Con extraordinaria precisión, Kaya Mirecka Ploss, la mujer que acompañó a Jan Karski (Polonia, 1914 -Washington, 2000) hasta su muerte, relata cómo nació en su marido la necesidad de ayudar a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Y por qué, además de convertirse al judaísmo tras la guerra, se empeñó en denunciar durante años a quienes, conociendo o sospechando el Holocausto, optaron por no hacer nada. Ahora una exposición en la Casa Sefarad de Madrid recupera y reivindica a este hombre justo cuya obra pudo ser (y no fue, pero no por su culpa) equiparable a la de otros héroes como Oskar Schindler o Raoul Wallenberg, santos nacidos, también, en el interior mismo de aquel infierno llamado Tercer Reich.
Al servicio de la Resistencia:
Karski respondía al nombre real de Jan Kozielevski y procedía de una familia católica de clase media. A la entrada de Hitler en su país, el mundo que conocía se arruinó, se vino abajo y él, enseguida, pasó a formar parte de la Resistencia. Trabajó como emisario para el Gobierno polaco en la clandestinidad y en ese cargo se condujo como una auténtica grabadora humana, cinco sentidos con los que ver, escuchar y denunciar.
Karski nunca perdonó a los de su bando: «Toda la Responsabilidad gravita sobre las potencias aliadas», escribió. ¿Pero podían, de haber querido, hacer algo, intervenir de algún modo y parar la terrible maquinaria nazi? Robert Kostro, director del Museo de Historia de Polonia y creador de la exposición original sobre Karski, cree que es necesario -por lo menos- matizar a su heroico compatriota: «Yo sería más prudente a la hora de formular acusaciones. Es muy difícil emprender acciones para salvar centenares de miles, o incluso millones de personas que se encuentran detrás de la línea del frente. Los mandatarios aliados creían que lo más importante era concentrar todas sus fuerzas y recursos en derrotar a los alemanes. Una eventual acción de salvar a los judíos hubiera comportado muchísimas bajas y no hubiera adelantado el fin de la guerra. Además, la probabilidad de éxito era muy escasa».
Karski escribió, también, que «Churchill fue más culpable, pero Roosevelt más perjudicial». Y de la comisión de crímenes de guerra de la ONU, con quienes también se reunió, salió convencido «de que no entendían ni el exterminio ni la Resistencia Polaca». Y ahí puede que esté la clave: en la inverosimilitud de su relato. «Tal vez nuestra valoración es a veces demasiado severa -opina Kostro-. Desde pequeños, en la escuela, en la literatura, en el cine o en la tele tenemos una visión completa de los crímenes nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Pero para la gente de la época, el Holocausto no era tan obvio. La dimensión del crimen y el hecho de que se tratara de una acción planificada y organizada a tal escala, era algo difícil de comprender.
Acabada la guerra, Karski publicó Historia de un Estado clandestino, ahora disponible en español en Acantilado. El libro, en el que el exespía contaba, a modo de memorias, su experiencia, tuvo una repercusión inmediata, sobre todo en EE UU. Pronto se convirtió Karski en un personaje difícil para Stalin y los aliados, en cuya euforia colectiva no encajaba bien el testimonio de un hombre que hablaba de reuniones de alto nivel en las que era prácticamente ignorado. Así que enmudeció. Habrían de pasar casi cuarenta años para que Karski despegara los labios, casi los mismos que estuvo sin hablarle a Kaya Mirecka de su misión a las órdenes del gobierno polaco. Esa sensación de predicar en el desierto, junto al drama vivido, todo eso junto hizo de él un personaje trágico. Así lo recuerda su compañera hoy, catorce años después de su muerte: «Estuve con él 32 años y durante todo ese tiempo jamás le vi sonreír».
Su cara empezó a ser conocida gracias a Shoah, el memorable documental de Claude Lanzmann. En una de las entrevistas, Karski solloza frente a su entrevistador. Impresionado, Lanzmann le dedicaría años después, íntegra, una pieza independiente de 48 minutos en la que Karski cuenta su historia. Luce el polaco en las fotos de época un porte elegante, distinguido. Pero, ya después, en su cuerpo están las señales de las palizas que los nazis le propinaron tras su arresto, en 1940. Entonces era Witold Kuckarski, su primer nombre de guerra, asumido para sus misiones como enlace con la resistencia de otros países. Cayó en manos de la Gestapo y casi no lo cuenta. Pero se libró. «Perdió todos sus dientes -recuerda Mirecka- y la audición de un oído por culpa de los golpes». Karski tuvo para siempre unas cicatrices que le atravesaban las muñecas, heridas de muerte, de tentativas de muerte con las que quiso evitar la tortura.
Karski nunca volvió a Polonia tras la guerra. Se quedó el resto de su vida en EE UU, un país que, pese a todo, siempre le pareció maravilloso. Allí, recuerda Kaya, vivió el paraíso de la tolerancia: «Karski me persuadió para que invitara anualmente a los niños pobres de Polonia a Estados Unidos. Aunque Estados Unidos tiene sus desventajas, me decía él, se trata de un lugar perfecto para los emigrantes, un lugar donde todas las iglesias tienen cabida y donde viven juntos los blancos, los negros, los asiáticos y los indios».
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