Crisis sociales y discriminación. Por el Dr. José Milmaniene

Los grupos humanos se consolidan a través de la identificación  que procuran los vínculos de amor, inherentes al origen nacional, la pertenencia étnica y/o religiosa y las comunes convicciones políticas.

Durante las crisis sociales o económicas,  los inevitables componentes destructivos y de odio que conforman la subjetividad –necesitados de expresión- se proyectan hacia el Otro, el extraño, el extranjero.

A través de tal mecanismo proyectivo,  los  grupos mantienen su cohesión y logran diluir  sus reales conflictos, dado que  depositan en las minorías la supuesta “causa” de los mismos.

De modo que las políticas raciales utilizan a los Otros tanto para encubrir los conflictos sociales, como para satisfacer las tendencias agresivas de personalidades débiles e inseguras, que no logran asumir la verdad de su condición. ¿Qué sería pues  de los racistas y los autoritarios si dejaran de existir los extranjeros y  las minorías étnicas o religiosas?

La discriminación y la hostilidad hacia el Otro permiten  expulsar los conflictos hacia aquellos grupos que resultan,  en cada momento socio-histórico, funcionales al imaginario social.

Los perseguidores pretenden así consolidarse individual y colectivamente,  a través de hacer depositarios -a quienes operan como  “chivos expiatorios”- de todos los males, carencias y dificultades sociales, culturales y económicas.

Se entiende entonces que en tiempos de crisis se incrementen los actos de antisemitismo, dado que las multitudes agobiadas por las crisis e incitadas por líderes demagógicos y populistas, suponen que la hostilización a los extraños habrá de solucionar y resolver sus graves problemas estructurales.

En época de crisis se suele producir pues la “suspensión no ética de la Ley”, en aras de discursos que siempre reivindican su transgresión,  al servicio de facilitar el escape de la hostilidad y el resentimiento que se exacerban en momentos de severa tensión social. En tal sentido recordemos que los judíos  somos particulares destinatarios  del odio, dado que  en tanto grupo legatario del indestructible Pacto con la Palabra,  le recordamos  a la humanidad la inquebrantable  sumisión a la Ley.

La discriminación opera  así,  al servicio de mantener finalmente un orden social injusto , dado que  la justas reivindicaciones se  debieran  dirigir – en el marco de los sistemas democráticos y bajo la égida de la soberanía  del orden normativo – hacia la resolución de las verdaderas causas de los conflictos, a saber: la injusticia, la desigualdad de oportunidades y la exclusión social.

Por Dr. José Milmaniene
Médico psiquiatra y psicoanalista.
Miembro titular en función didáctica y Profesor del Instituto del Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Otra de sus obras publicadas son «La Función Paterna» y «Arte y Psicoanálisis»

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