El nombre como arma: Palestina, Adriano y el conflicto de las memorias. Por Rab Rubén Najmanovich

el-nombre-como-arma-palestina-adriano-y-el-conflicto-de-las-memorias-Foto David Yabo
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La historia del conflicto entre Israel y Palestina no comienza en el siglo XX, ni siquiera con la creación del Estado de Israel en 1948. Sus raíces se hunden profundamente en la historia antigua, cuando el emperador romano Adriano, tras sofocar la rebelión de Bar Kojba en el año 135 de la era común, decretó la expulsión de los judíos de Judea y rebautizó el territorio como “Siria Palestina”.

Este acto no fue una mera reorganización administrativa, sino una estrategia deliberada para borrar la identidad judía de la tierra bíblica. Al sustituir el nombre ancestral de Judea por uno que evocaba a los antiguos filisteos —enemigos históricos del pueblo de Israel ya extintos—, Adriano sembró una narrativa que siglos después sería invocada en disputas territoriales y políticas. El nombre “Palestina” (Proviene de Filistea cuyo nombre en Latín es Palestina), impuesto como castigo y negación, se convirtió en una etiqueta que ocultaba la historia milenaria de conexión entre el pueblo judío y su tierra.

Durante siglos, ese nombre persistió bajo distintos imperios, desde los bizantinos hasta los otomanos, y finalmente bajo el Mandato Británico. Fue en ese contexto que, en 1917, Lord Balfour emitió su célebre declaración, comprometiendo al gobierno británico a establecer un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina.

En ese momento, el término “Palestina” aún se refería a la tierra bíblica de Israel, incluyendo territorios que hoy comprenden tanto el Estado de Israel como Jordania. La intención era clara: restaurar la presencia judía en su tierra ancestral, reconocida por su historia, su espiritualidad y su vínculo inquebrantable con la Torá.

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Sin embargo, las tensiones entre el nacionalismo árabe emergente y el movimiento sionista crecieron rápidamente. En 1947, la ONU propuso la partición del Mandato Británico en dos Estados, uno judío y otro árabe, con Jerusalén bajo administración internacional. Los líderes judíos aceptaron el plan, reconociendo en él una oportunidad histórica para reconstruir su soberanía.

Los líderes árabes, en cambio, lo rechazaron, negando la legitimidad del Estado judío y desencadenando una guerra que marcaría el inicio de un conflicto prolongado. Desde entonces, la negación del Estado de Israel ha sido una constante en ciertos sectores del mundo árabe, y especialmente en movimientos como Hamás.

Fundado en 1987 por el imán Ahmed Yassin, Hamás representa una fusión entre el islamismo político de los Hermanos Musulmanes y el nacionalismo palestino. Su objetivo declarado es la creación de un Estado palestino regido por la ley islámica, pero su visión territorial incluye no solo Gaza – Judea y Samaria, sino también el espacio que hoy ocupa Israel.

En su narrativa, el Estado de Israel es una imposición colonial, una presencia ilegítima sobre una tierra que consideran exclusivamente árabe. Esta postura se traduce en una negación activa de la existencia de Israel, tanto en sus discursos como en sus acciones violentas. Hamás rechaza los acuerdos de paz, como los de Oslo, y ha mantenido una estrategia que combina movilización social, participación política y terrorismo.

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Lo paradójico es que el nombre “Palestina”, que Hamás y otros movimientos reivindican como símbolo de resistencia, fue originalmente una herramienta de borrado identitario impuesta por Adriano.

El Estado Palestino que hoy se reclama se construye sobre una denominación que nació para negar la existencia judía. Mientras tanto, el Estado de Israel, el tercero en la historia sobre ese mismo territorio —tras los reinos bíblicos y el breve intento de Bar Kojba—, se erige como la restauración de una soberanía ancestral, reconocida por la historia, la arqueología y la tradición religiosa. Hasta 1947, cuando se hablaba de Palestina, se hablaba de Israel. Y aunque las narrativas se han multiplicado y las disputas se han intensificado, la raíz del conflicto sigue siendo una lucha por la memoria, por el derecho a nombrar, a habitar y a pertenecer. En ese sentido, el decreto de Adriano no fue solo una decisión imperial; Fue el inicio de una batalla semántica que aún hoy define el destino de millones.

Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich

Rabino, Educador Comunitario, Conferencista

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