El pasado miércoles 29 de octubre, falleció Alberto Hammerschlag, «Palito».
Un mench, como decimos en idish, para definir en una sola palabra y atrapar en un solo término la esencia y la profundidad de ser un gran hombre, un buen hombre, tener un buen nombre. Palito lo fue y lo será por siempre, lo extrañaremos, pero lo recordaremos siempre con una sonrisa y mucho agradecimiento.
Palito pertenece, y lo digo en presente porque siempre será así, a una camada de dirigentes de la comunidad que marcaron escuela, que hicieron camino, que son diferentes, de los cuales la comunidad puede sentirse orgullosa, a pesar del olvido y la indiferencia hacia el pasado, que en estos tiempos es moneda corriente.
A Palito lo distinguió su don de gente, su profundo compromiso judío, su fortaleza humana puesta a prueba con lo más difícil, como es la pérdida de un hijo.
Lo define su forma de ser, su energía vital, su audacia, su tenacidad, su alegría, su calidez, humildad y sencillez, su entrega incondicional, su honradez.
Todo aquel que lo conoció sabe que no exagero. Lo conocí hace exactamente treinta años, cuando ingresé a la DAIA como vicedirector ejecutivo, tras el atentado terrorista de 1994.
Él fue uno más de los que apoyaban la gestión de la DAIA y su razón de ser en tiempos muy difíciles, e impulsaban un cambio en la construcción y organización comunitaria.
Eran tiempos de debates profundos, de fuerte contenido ideológico e institucional. Había sido presidente de su Comunidad NCI, de la que nunca se apartó y a la que definía siempre como la extensión de su casa y su familia. El mandato de la herencia transmitida de sus mayores.
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Compartí con él procesos de trabajos complejos y hermosos en los momentos más arduos e intensos, cuando las crisis ocupaban todos los espacios. Palito, con su humanidad, siempre emergía con optimismo y una fuerza arrolladora, que era imposible evitar o no sumarse.
Fue un referente único en todos los procesos electorales de la DAIA de los últimos treinta años. Trabajaba a destajo por lograr siempre la unidad, de buscar los mejores candidatos, de que todas las instituciones paguen las cuotas, que se cumplan los reglamentos y estatutos.
Fue un guardián de la institucionalidad de la DAIA, poniendo su buen nombre, alma y cuerpo, siempre que lo consideró justo y necesario.
Nunca quiso un cargo, no atropelló por eso ni buscó imponerse. Sabía que de llegar sería naturalmente por mérito propio, nunca por imposición ni vacíos y menos favores o componendas. En eso también es ejemplo para el presente.
Trabajé con él codo a codo en muchas campañas, en la creación del primer curso de capacitación política para dirigentes comunitarios. Estuvimos juntos en el Museo del Holocausto cuando le pedí que me acompañe al asumir yo como presidente.
Fuimos amigos siempre, nos unía un afecto muy grande, en su última etapa pude visitarlo una vez, me llevé una foto, estaba contento. Me queda ese recuerdo, quise quedarme con ese recuerdo para siempre.
Estas breves palabras son para agradecerle que me haya honrado con su amistad, confianza y cariño. Por sus enseñanzas, con sus acciones simples, firmes y continuas de cómo se debe encarar la vida. Fue un enamorado de su mujer, un apasionado de su hija Gisela y un enloquecido de su nieto. Ellos tres estuvieron siempre en sus palabras en todo diálogo, al igual que el recuerdo de su hijo como el agradecimiento que tenía a su cuñada y sus sobrinos. Un tipo feliz, con sus amigos de Hacoaj y el Burako. De leer la Haftará en las altas fiestas en su templo.
Lo despido con tristeza, pero con el orgullo de haberlo conocido mucho. Nos toca a nosotros honrar su memoria poniendo en valor su tarea, que su esfuerzo y dedicación no quede en el olvido. Palito, sin dudas, es de aquellos maestros de la vida que no se olvidan jamás. Que su memoria sea bendición.
Claudio Avruj

