En la noche de hoy en que escribo estas líneas los judíos alrededor del mundo prendemos la primera vela de Januca, la fiesta de las luces y de los milagros.
Una conmemoración que habitualmente se celebra con alegría. Igual que como debió haber sido Simja Tora en aquel doloroso 7 de octubre de 2023.
Una vez más en lugar de celebrar lamentamos, lloramos, nos angustiamos y nos enojamos.
La diferencia horaria permitió que quienes estamos de este lado del Meridiano de Greenwich nos volvamos a debatir si al llegar nuestra noche celebramos o si duelamos.
Una vez más la respuesta es HACEMOS AMBAS COSAS.
Encenderemos nuestras velitas, celebraremos la victoria de la luz por encima de la oscuridad, en lo literal y en lo simbólico, seguiremos recordando y creyendo en los milagros.
Ese es el musculo que venimos entrenando hace más de 2000 años, y no dejaremos de hacerlo. Le pese a quien le pese. Le disguste a quien le disguste.
En Januca celebramos la victoria de unos pocos frente a unos muchos.
A lo largo de los siglos nuestros sabios fueron haciendo prevalecer la narrativa del milagro del aceite y la fortaleza espiritual por encima de la gesta militar, y lo cierto es que fue la gesta militar la que permitió la victoria.
Fue el impulso de unos pocos que se negaron a dejarse vencer por quienes detentaban el poder. La osadía, el coraje, la valentía de comenzar la batalla portando la espada de la libertad y el derecho de Ser.
También en ese tiempo hubo discordia interna, ya que existía el grupo disidente que opinaba que era mejor asimilarse a la gloriosa cultura griega y desdibujarse en ella.
El Rab. Yerahmiel Barylka explica magistralmente en su último libro, Ïluminando Januca, este nconcepto indicando que lo que molestaba a los Griegos, y a tantos otros a lo largo de la historia, era la vocación de ser diferentes de los judíos de la época.
Es esa otredad la que incomoda, la que confronta.
Pareciera que en cada época nuestro derecho a ser parte y al mismo tiempo respetar y preservar nuestra identidad fue y es visto como un ataque.
Los judíos a través de la historia nos hemos ocupado de sostener y transmitir nuestras tradiciones, costumbres y relatos manteniendo esa llama eterna que vibra dentro nuestro viva de generación en generación, pero sin ser proselitistas al respecto.
No buscamos adeptos ni seguidores y eso es lo paradojico, frente a quienes en nombre de vaya uno a saber que verdad y que D-s han atravesado siglos forzando a todos a ser uniformes. Solo queremos ser quienes somos, en cualquier lugar del mundo. Con libertad y seguridad.
Parece ser poco lo que pedimos, y aun así seguimos pagando costos altísimos por ello.
Esta todo tan pero tan torcido que, así como debemos seguir explicándonos y justificándonos solo por el hecho de SER, también resultó necesario hoy resaltar que quien puso su vida en juego para desarmar a uno de los terroristas, siendo herido en el camino era árabe y musulmán.
Anhelo el día en sea suficiente decir que un Señor con sentido de justicia y compasión hizo lo que correspondía frente a un ataque irracional y terrorista.
Sin embargo, en la locura que vivimos hoy su etiqueta hace que el gesto valga doble.
Si tuviera que pedir un milagro hoy seria poder contar estas historias sin etiquetas.
Poder decir que frente a un acto aberrante e injusto (que ojalá no ocurriera) hombres y mujeres de bien salen a defender a quienes son atacados, sin importar la creencia, color de piel, lugar de nacimiento o clase social de unos ni de otros.
Sera que en mi mente resuenan los deseos de John Lennon, a tan pocos días del aniversario de su muerte también absurda, e Imagino que ese mundo es posible.
Hoy por la mañana, en el shock de la noticia, una querida amiga me preguntó que herramientas encontraba, si es que alguna, dentro de nuestra tradición para transitar el enojo y la frustración que estas situaciones me provocan.
Mi respuesta es seguir apostando a la vida, a la resiliencia, a explicar incansablemente quienes somos, que hacemos, a defender nuestros derechos como individuos a vivir en paz en cualquier lugar del mundo, sin etiquetas y a defender el derecho del Pueblo Judío como tal a vivir en la tierra ancestral con la que estamos conectados. Ser un pueblo libre, en nuestra tierra, Eretz Tzion y Ierushalaim.
Una de las formas de hacerlo es encendiendo con orgullo mis velitas, ponerlas en la ventana y agradeciendo los milagros que D-s hizo por nuestros ancestros, en esos días y en este tiempo.
Jag Januca Sameaj. Que tengamos una fiesta de Januca Feliz, a pesar de todo.
Que la luz ilumine una vez más la oscuridad haciendo desaparecer los velos de la maldad, la falsedad y la injusticia para que todos podamos vivir libres y abiertos, siendo quienes somos sin mucha más explicación ni excusa.
Termino como casi cada texto que escribí en estos dos años.
Am Israel Jai. Le pese a quien le pese.
Por Vicky Ludmer.

