El Silencio de los Culpables. Por Rab Rubén Najmanovich

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Existe una película famosa llamada El silencio de los inocentes. Su mensaje es inquietante: los crímenes del asesino no giran en torno a sus víctimas, sino a su propia identidad rota. Las mujeres que mata son “incidentes”; lo central es su conflicto interno. La película muestra cómo, a veces, el mal se expresa no por lo que se hace a otros, sino por lo que uno se niega a enfrentar en sí mismo.

En nuestro tiempo, observamos un fenómeno similar, pero invertido: el silencio de los culpables. Sectores radicalizados, especialmente dentro de una izquierda que ha adoptado discursos abiertamente antisemitas, levantan la voz contra Israel con acusaciones sin fundamento, pero guardan un silencio absoluto frente a violaciones reales y sistemáticas de derechos humanos en otros lugares del mundo.

Mientras denuncian a Israel por defenderse, callan ante el verdadero genocidio que se denuncia en Irán; no se ven flotillas de la paz, ni activistas mediáticas como Greta Thunberg o Ana Alcalde navegando hacia el Golfo Pérsico. Tampoco aparecen marchas multitudinarias en España — un país donde algunos críticos señalan una creciente influencia islamista y acusan al presidente Pedro Sánchez de mirar hacia otro lado — para defender a las mujeres iraníes que arriesgan la vida por quitarse un velo.

Los mismos sectores que repiten teorías conspirativas sobre una supuesta intención israelí de “apoderarse de la Patagonia” no han organizado ni una sola manifestación para denunciar las ejecuciones, torturas y desapariciones en Teherán. Y los movimientos feministas más radicalizados, que suelen movilizarse con rapidez ante cualquier causa global, han permanecido prácticamente mudos frente a la brutalidad que sufren las mujeres iraníes.

Esa selectividad no es casual. Es una forma de complicidad.

Nuestros Sabios ya hablaron de este tipo de silencios. El midrash (literatura rabínica que interpreta y expande los textos bíblicos) relata que cuando el Faraón pidió consejo sobre cómo tratar al pueblo judío, estaban presentes tres figuras: Bilam, Iyov e Itró. Bilam aconsejó la crueldad. Itró se opuso y huyó, ganándose el mérito de convertirse en el suegro de Moshe.

Iyov, en cambio, guardó silencio.

Ese silencio — no haber hablado cuando debía — trajo sobre él profundos sufrimientos, hasta que comprendió su error.

Hoy, lamentablemente, hay pocos Itró en el mundo, pero muchos Iyov. El silencio de organismos internacionales, de instituciones que se autoproclaman defensoras de los derechos humanos, y de flotillas “humanitarias” que solo aparecen cuando conviene, es un eco moderno de aquel silencio antiguo.

Incluso la ONU, cuyo secretario general António Guterres ha sido criticado por no pronunciarse con claridad sobre la represión en Irán, refleja esta asimetría moral que erosiona la credibilidad de las instituciones globales.

Pero también hay un Moshe en cada uno de nosotros: una voz que no acepta la injusticia, una conciencia que no se deja intimidar, un compromiso con la verdad que no se calla. Ser como Itró significa no mirar hacia otro lado, incluso cuando es incómodo, incluso cuando es impopular.

Y recordemos algo más: el Faraón, con todo su poder, terminó hundido en el mar. La historia tiene memoria, y la justicia — aunque tarde — siempre llega.

Que nunca seamos parte del silencio de los culpables. Que seamos parte de la voz que ilumina, denuncia y construye.

Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich

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