Israel atraviesa hoy una crisis de salud pública invisible pero devastadora: el quiebre del descanso nacional a causa de las noches sin dormir, y días sin descansar porque hay que salir corriendo a los refugios antes de que lleguen los misiles iraníes.
Estadísticas citadas por el diario Maariv señalan que más del 70 por ciento de la población en Israel reportó dificultades para dormir desde el inicio de los combates, el 28 de febrero último, por lo que «esto es un fenómeno generalizado y no solo un sentimiento personal».
Se trata de una crisis de «noches blancas» que no solo afecta el bienestar emocional, sino que impacta directamente en la productividad del país y en la seguridad operativa de las empresas.
Millones de israelíes tienen que saltar de la cama cuando escuchan las sirenas, que ofrecen apenas minutos para llegar hasta el búnker antibombas. Gracias al sistema de protección anti-aérea, en cada zona del país se conoce el tiempo exacto que se necesita para estar protegido en el refugio.
En una columna para Maariv, el médico Itay Gal hizo una clara descripción de la situación: «las sirenas incesantes, que a menudo suenan en mitad de la noche, obligan a familias enteras a correr hacia refugios y espacios protegidos en cuestión de segundos».
Adrenalina y supervivencia
Gal explicó que la acción física de correr hacia los refugios «va acompañada de un aumento brusco del nivel de adrenalina y un pulso rápido» que «desprende el cuerpo de un estado de reposo y lo pone en un estado de supervivencia».
El principal problema, siguió Gal, es que, una vez que pasó el peligro, «el cuerpo no puede volver fácilmente a un estado de relajación». El cerebro sigue hiperalerta, esperando la siguiente alarma, «lo que crea un sueño muy superficial» que no permite llevar a cabo los procesos esenciales «de reparación y regeneración que ocurren durante el sueño profundo».
Las sirenas destruyen uno de los procesos más importantes de nuestro cuerpo: limpiar el cerebro de toxinas y residuos metabólicos que se acumularon durante el día. Al dormir, siguió el médico israelí, un sistema especial de drenaje en el cerebro «funciona diez veces más intensamente que cuando está despierto».
«Fisiológicamente, el sueño es esencial para regular el sistema hormonal», destacó Gal. Durante ese tiempo, se secreta la hormona responsable «de la reparación de tejidos y músculos, y se regulan las hormonas del hambre y la saciedad».
Por eso, añadió, «la privación de sueño suele llevar al aumento de peso y al antojo de dulces y carbohidratos», que son el intento del cuerpo de obtener energía rápida en lugar de descansar que le falta.
Otra víctima es el sistema inmunitario. Durante el sueño, el cuerpo produce proteínas llamadas citocinas, que ayudan a combatir infecciones e inflamaciones.
«Cuando no se duerme lo suficiente, su producción disminuye un 50 por ciento o más, haciendo que la población sea mucho más vulnerable a enfermedades víricas, especialmente en las condiciones de hacinamiento de los refugios y espacios protegidos», dijo el experto.
Interrumpiendo el procesamiento de traumas
También el estado mental se ve directamente afectado, ya que el sueño es la principal herramienta para procesar experiencias y traumas. Si el sueño se interrumpe, «el cerebro no puede procesar los eventos difíciles del día», lo que aumenta el riesgo de desarrollar trastorno de estrés postraumático y ansiedad generalizada, completó Gal.
Estudios realizados en Israel durante la guerra que estalló en Gaza después del ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre del 2023 ya habían advertido sobre este fenómeno. Investigadores que analizaron encuestas nacionales detectaron que, en contextos de conflicto armado, la prevalencia del sueño corto (menos de seis horas por noche) aumentó entre un 19 y un 22 por ciento, mientras que los casos de insomnio clínico crecieron entre un 16 y un 19 por ciento, junto con un mayor uso de fármacos para dormir.
Según esos trabajos, las alteraciones del descanso no se explican solo por el estrés psicológico de la guerra, sino también por la interrupción física del sueño causada por sirenas, refugios y la expectativa constante de nuevos ataques, tal como describió Gal. En muchos casos, añadieron los investigadores, los problemas de sueño persistieron durante meses incluso después de que disminuyó la intensidad del conflicto.
El «efecto racimo»
En conflictos anteriores, Irán disparó grandes ráfagas de misiles, a menudo decenas a la vez, para superar las defensas aéreas. Pero a medida que Estados Unidos e Israel debilitan su capacidad de lanzar misiles balísticos, el régimen apela ahora a las municiones de racimo.
Las municiones de racimo se desprenden por decenas de un proyectil y caen en forma indiscriminada sobre el territorio enemigo, haciendo más difícil el trabajo de los interceptores. Su uso contra zonas pobladas está prohibido por el derecho internacional humanitario.
Con un solo misil equipado con municiones de racimo, señaló un reciente reporte de la CNN, Irán puede «enviar a millones de israelíes a refugios antiaéreos» y, además de los riesgos mortales, dejarlos sin dormir.


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