CAMINAMOS DESPACIO, los pasos muy medidos, silenciosos, como se camina en las iglesias o en las cárceles. Miramos las películas y las fotos y las cosas con miedo de mirarlas, como quien se tapa los ojos con las manos. Somos pocos: esta tarde somos pocos y nos tratamos con esa cortesía severa de los velorios: como si quisiéramos decirnos que lo sentimos y, sobre todo, que no somos como ésos; como si necesitáramos ser otros. Pero no somos otros —y el peso de ese mundo es el peso del mundo. Lo peor es saber que todo eso sucedió hace no tanto y aquí mismo. Aquí, en Gdansk, al norte de Polonia, junto al Báltico, empezó la guerra más mortal de la historia. Aquí, en este museo que la narra, empezó hace unos meses una guerra por la historia que no es mortal sino bastante obscena.
El 1 de septiembre de 1939 Alemania atacó Polonia y lanzó la Segunda Guerra Mundial. En 2007 el premier liberal polaco Donald Tusk imaginó un museo que recordara como ninguno sus horrores —para ayudar a superarlos. Su Gobierno destinó 80 millones de euros, convocó a asesores internacionales y nombró a un director: el historiador Pawel Machcewicz. Tras años de esfuerzos, el museo estuvo listo el pasado marzo.
EL MUSEO DE LA SEGUNDA GUERRA ESTÁ HECHO COMO SE HACEN AHORA LOS MUSEOS: YA NO ESOS TEMPLOS PARA GUARDAR RELIQUIAS SINO MÁQUINAS PARA CONTAR HISTORIAS
El edificio es impactante: como si un cubo de vidrios azules y cemento rojo se hubiera incrustado en ese suelo. La muestra lo es mucho más. El Museo de la Segunda Guerra está hecho como se hacen ahora los museos: ya no esos templos para guardar reliquias sino máquinas para contar historias. Y este cuenta la historia de la peor guerra, la que inventó la “guerra total”, la que mató a 55 millones de personas. La gran mayoría eran civiles: el museo, entonces, se ocupa menos de los jueguitos de los militares que del sufrimiento que provocan.
El lugar es sombrío: la luz baja, los sonidos en sordina —y un corte radical: no hay señal de Internet. Hay objetos, relatos, fotos, vídeos, espacios oprimentes, desazón. Hay muestras de vida cotidiana, de muerte cotidiana, del poder cuando queda desnudo. Hay ametralladoras y uniformes, los cuencos agujereados de la sopa de Auschwitz, el pañuelo en que un resistente polaco escribió su despedida antes del pelotón, un tanque Panzer y un avión Stuka, el neceser de un soldado americano, una calle de una ciudad alemana, una cartilla de racionamiento parisiense, las músicas marciales. Es un viaje de horas y más horas entre el horror y la fascinación del horror, de esas masas en llamas, esas casas vaciadas por las bombas, esos cuerpos vaciados por el hambre, esos ojos abiertos para siempre. El Museo de la Segunda Guerra de Gdansk es una obra de arte. Pero quizá muy pronto se convierta en historia.
Porque ahora Polonia está gobernada por un partido de derecha nacionalista —el PiS, Ley y Justicia—, que no está contento con el enfoque amplio, europeísta de la muestra. Le reprocha que le falta patriotismo: que debería hablar más del heroísmo polaco, su sacrificio y sus mártires, la carga de sus caballeros contra los tanques alemanes, los 20.000 oficiales asesinados por los rusos en Katyn, la insurrección de Varsovia —y menos de los judíos, por ejemplo. Por eso, unos días después de la apertura, el ministro de Cultura o Algo Así, Piotr Glinski, consiguió echar al director Machcewicz. El escándalo —las renuncias del comité internacional, las denuncias, el descrédito— no le preocupa y muy pronto, dicen, cambiará el relato. Él sabe que no hay nada más maleable que el pasado. O, dicho de otro modo: que las guerras no se terminan nunca.
Fuente: El País


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