Conozco a Elizabeth desde hace veinte años. Es buena gente y su pensamiento jamás admitiría un acto discriminatorio. Tiene un humor sutil e irreverente, que necesita una importante cuota de inteligencia y conocimiento para entenderlo.
A Sergio Szpolsky también lo conozco desde hace mucho tiempo. Es ambicioso, oscuro y no tiene límites. Defiende al gobierno que hizo un acuerdo con Irán por el atentado a la AMIA, y antes se mantuvo cerca de Carlos Menem, que desvió la investigación para evitar que se conocieran sus relaciones opacas con la dictadura siria.
Matías Garfunkel apareció hace poco en los medios y la política. Le envidio el diploma del presidente Woodrow Wilson que tiene colgado en su living y la carta de renuncia de Richard Nixon que puso cerca de la cocina. Dos documentos que Garfunkel compró sin conocer su sentido histórico: cuando me invitó a su casa y mostró su colección de antigüedades, no sabía nada sobre los 14 puntos de Wilson y menos todavía sobre la presidencia de Nixon.
Szpolsky y Garfunkel son judíos, pero a mí no me representan. Sergio amasó una fortuna imposible de justificar, y Matías es millonario por su familia, que supo negociar contratos cuantiosos con dictaduras oscuras y democracias débiles.
La Negra escapa a esta lógica de poder. Y puedo decir, sin equivocarme, que ella aborrece a Szpolsky y Garfunkel, que no es lo mismo que despreciar al pueblo judío. Vernaci no hubiera puesto a su novio posando sobre una lápida, en el cementerio judío de Praga. Y menos todavía hubiera pensado en comprar el lote adonde estaba la Embajada de Israel, para construir sobre la muerte y el espanto un edificio de oficinas. Esos sí, son actos antisemitas.
Apelo a Mario Pergolini, a quien también conozco de los gloriosos años de la Rock and Pop, para que les explique a sus socios cómo piensa Elizabeth. Se lo vamos a agradecer todos los judíos.
Roman Lejtman, en argnoticias


