«Arroyo y Suipacha».Un reclamo por el fin de la impunidad y el silencio. Por Lic. Eduardo Chernizki

«Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma» es un libro destinado a tener presente en la memoria de toda la sociedad argentina a quienes perdieron la vida, a los que sobrevivieron y la historia de la casona que por más de 40 años fue la sede diplomática del Estado de Israel en la argentina.

Tanto los textos de los familiares de las víctimas como de los sobrevivientes son, cada uno de ellos, un documento insoslayable del dolor y la herida que – pese a los años transcurridos – no tiene consuelo ni cicatriza, pues nada se esclareció respecto a aquellos que colaboraron para que una organización terrorista llevara a cabo su macabra misión: atacar y destruir un territorio israelí.

A lo largo de más de doscientas páginas, está situación queda bien expuesta por las personalidades que se refieren a lo ocurrido; y si a ello le unimos los recuerdos de Muki Tsur, hijo del primer embajador del Estado de Israel en Uruguay y Argentina, Iaacob Tsur, que no sólo vivió en Arroyo 910/16, sino que fue un testigo presencial de la inauguración de la Embajada y sus iníciales eventos, entre los que se cuenta la celebración de Iom Haatzmaut, la fiesta de su Bar Mitzva y del casamiento de su hermana, se obtiene una visión casi exacta de lo que ese edificio emblemático significó para la comunidad judía de la Argentina a partir de haberse convertido en la sede de la Embajada israelí en Buenos Aires.

Ampliamente ilustrado «Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma», e impecablemente impreso, fue editado con motivo del vigésimo aniversario del atentado del 17 de marzo de 1992, y es el resultado de un ponderable emprendimiento encarado por el Ministerio de Relaciones Exteriores del Estado de Israel, por intermedio de su representación diplomática con sede en la Argentina, que fue llevado a cabo por Liliana Isod, como editora responsable, acompañada por un grupo de colaboradores que tuvo a Lea Kovensky como productora general; a Elizabeth Andelsman, Liliana Glaser y Laura Szechtman como responsables de las traducciones y revisión final; a Hernán Churba en las fotografías y a BasevichCrea en la creatividad y diseño.

El canciller israelí, Avigdor Liberman, en marzo de 1992, al prologar “Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma” expresaba al finalizar su mensaje: «Este libro en memoria de las víctimas simboliza el triunfo de los valores, la moral y los ideales de la cultura occidental frente al eje del mal. El Estado de Israel y el Estado Argentino continuarán trabajando juntos para evitar que se atente contra vidas inocentes y por mantener viva la memoria de las víctimas del atentado como símbolo de valor y la determinación del espíritu humano», a la vez que el embajador Daniel Gazit afirmaba «Abrazamos a los sobrevivientes con toda nuestra consideración y afecto. Juntos edificaremos una nueva sociedad y lucharemos, con fuerzas, para vivir en un mundo más humano y feliz. Ese es el mejor legado que podemos dejar a nuestros hijos. Este libro está dedicado a quienes modificaron su vida, de una vez y para siempre, aquel 17 de marzo de 1992.Ellos bregan para que todos nosotros continuemos».

Transcurridos dos años de dicho aniversario, podemos decir que “Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma” es tan actual como cuando fue editado, lo que es un mérito para sus responsables, pero también la demostración de que lo fundamental, el castigo a los ideólogos, ejecutores y cómplices del atentado no se produjo todavía.

Los textos tanto de los familiares como de los sobrevivientes especifican que a las 14.45 horas del 17 de marzo de 1992, como bien lo expresa el embajador Gazit, sus vidas sufrieron una división entre aun antes y un después.

Pero al leerse esos testimonios surge un interrogante ¿sólo para los afectados directamente por el atentado hay un antes y un después?

Creemos que “Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma” brinda a cada uno de sus lectores una respuesta personal a esa pregunta, lo que le otorga a esta obra testimonial un valor agregado que debemos destacar: la existencia de una trama que impidió, por lo menos hasta el momento de escribir este comentario, que uno sólo de aquellos que conformaron la “conexión local” fuera juzgado.

Las consideraciones expuestas por Mauricio Wainrot: cómo alemanes y croatas nazis arribaron a estas costas luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, y pudieron afincarse en el país, deja traslucir claramente por que se obvio investigar la “conexión local”; que como explica es necesaria para llevar a cabo un acto terrorista de las características del atentado a la Embajada del Estado de Israel.

Sus palabras quedan gráficamente apoyadas en las que expone quien era en esa fecha el embajador israelí en la Argentina, cuando dice «Hoy como ayer me pregunto ¿Quién difundió el cuento absurdo de que el policía, que custodiaba la entrada de la Embajada, no se encontraba en el momento del atentado porque me acompañaba a una entrevista fuera de la Embajada? ¿Desde cuándo un embajador es custodiado por un guardaespaldas uniformado? Esa ausencia en la puerta evidencia que hubo quienes sabían, con exactitud, el día y la hora del fatídico hecho. Hoy como ayer me pregunto ¿Quién estaba interesado en difundir la teoría de la supuesta implosión, propuesta por peritos de la Academia de Ingeniería? No tengo dudas de que ese peritaje no surgió de la iniciativa de los propios expertos. Hoy como ayer me pregunto ¿quién propagó la idea de quela Embajada contenía, en su sótano, un arsenal de armas? ¿Quién puede probar lo que no existe? Veinte años después entiendo, mejor que nunca que «La justicia es un derecho humano». Cuando no hay respuestas, el concepto de pena se une al de dolor no menos que al de castigo. Sólo la búsqueda de los culpables, llevados a justo juicio, reparará a la víctimas y a, nosotros, los sobrevivientes».

Posiblemente la mejor interpretación del sentido de «Arroyo y Suipacha – Esquina del Alma» la brinde el corto texto que se encuentra en la página 7: Es terreno común afirmar que el terrorismo es una de las amenazas más graves para la paz y la seguridad internacional. Pero eso, “por” sí y «en» sí, no repara, ya que nada puede levantarse haciendo invisible a las víctimas. La aplicación de la ley regula la vida social y pone fin a la humillación del olvido y la indolencia. Nadie merece morir dos veces; una por muerte física y otra por la indiferencia. Todavía, en el atentado a la Embajada de Israel en Buenos Aires, del 17 de marzo de 1992, seguimos reclamando el fin de la impunidad y el silencio.

Licenciado Eduardo Chernizki.
Periodista y escritor.

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