Abraham, Jesús y Mahoma, unidos por un argentino en nombre de la paz. Por Luis Rosales

Ciudad del Vaticano, los bucólicos jardines que ocupan casi la mitad de la superficie de este minúsculo estado independiente, fueron por unos minutos nuevamente el centro del poder mundial. Como en aquellos tiempos cuando desde allí los papas dividían y repartían el planeta, decidían sobre los matrimonios, las uniones o desuniones de las coronas reinantes, comandaban sus ejércitos como príncipes terrenales o decidían sobre la vida o muerte de miles de humanos con su decisiones no necesariamente religiosas o espirituales, inquisición incluida.

En ese fondo verde y natural, nuevamente la sencillez y humildad de Francisco impactó a todos. Como cuando en su reciente viaje a Tierra Santa sorprendió invitando a su casa en Roma para orar por la paz a los jefes de estado de los dos pueblos enfrentados: israelíes y palestinos. Esta vez fueron también innumerables los gestos pensados por el argentino más influyente de la historia. El lugar elegido, los jardines próximos a la Casina Pío IV, un palacete de mármol increíblemente bello y ornamentado que fuera habitado por el Papa de la inquisición, que quería guardarse de esa forma del contacto con el público que le implicaba vivir en los apartamentos apostólicos sobre la Plaza de San Pedro. Pero la elección de ese sitio también significa la apertura de la Iglesia actual, ya que el edificio próximo está destinado al funcionamiento de la Academia Pontifica de las Ciencias, la institución que se encarga de las relaciones entre la fe y el mundo científico, dirigido desde hace un par de décadas por el argentino Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo y a cargo ahora de dos de los programas más estimados por Bergoglio: la lucha mundial contra el tráfico de personas y Scholas Ocurrentes, la red de escuelas para el encuentro que dirigen a nivel mundial desde Buenos Aires, Enrique Palmeyro y José María del Corral. También se plantó un olivo de la paz, algo que Scholas viene haciendo en todas partes, práctica que se iniciara con el ya histórico que crece en la Plaza de Mayo frente a la catedral de Buenos Aires.

Los dos presidentes, Simón Peres del Estado de Israel y Mahmoud Abbas de la Autoridad Palestina llegaron al lugar conversando fraternalmente en una pequeña y simple furgoneta, sentados frente a frente en unos asientos comunes y acompañados por el Patriarca de Constantinopla Bartolomé I, el líder espiritual de los cerca de 300 millones de cristianos ortodoxos.

La ceremonia muy sencilla y sentida, cumpliendo exactamente el rol que el papado debe tener en los tiempos que vivimos. Facilitar la paz y armonía entre los miembros de nuestra especie, promover el encuentro, la integración, limar asperezas, alejando así el fantasma del odio, de la discriminación y de la guerra. Aprovechar la enorme influencia y autoridad moral recientemente recuperada para señalar el camino que los pueblos y sus gobernantes deberían seguir.

Francisco con esta jugada, que vuelve a demostrar su habilidad política y sentido de la oportunidad, logra además avanzar considerablemente en tres de los tableros en los que está jugando casi en forma frenética sus partidas simultáneas. Tal cual se viera hace algunas semanas en el abrazo fraterno de los tres amigos de Buenos Aires al pie del Muro de los Lamentos, un rabino judío, un sheik musulmán y un cristiano que ahora es Papa, esta oración conjunta por la paz de las tres creencias derivadas de Abraham contribuye fuertemente a acelerar el diálogo interreligioso. Allí estaban representados por sus creencias más de la mitad de la humanidad. La presencia, ya reiterada del patriarca Bartolomé, a quien el Papa llama cariñosamente hermano, muestra un nuevo y sustancial avance hacia el ecumenismo, movimiento iniciado por Pablo VI y continuado por Juan Pablo II y Benedicto XVI, que persigue la reunificación de todos los cristianos, divididos hace más de mil años. Un objetivo que está más cerca que nunca. Por último, juntar y unir palestinos e israelíes es intentar apagar el incendio de la guerra interminable, atacando directamente su foco original. Como un buen bombero especializado Francisco sabe que el núcleo del conflicto más grave que divide a los humanos hoy en día y que puede culminar en un choque de civilizaciones de proporciones bíblicas, está precisamente basado en los enfrentamientos que se dan en aquellos pequeños territorios considerados santos por los tres credos aquí representados. Con esto juega una ficha muy importante en el plano del rol geoestratégico que generalmente los Papas ejercen en todo el planeta, aprovechando su influencia y poder espiritual.

Francisco, como argentino sabe que la convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes es posible; como latinoamericano entiende que las utopías pueden hacerse realidad y como jesuita sabe que con esfuerzo, método, paciencia y ejemplo no hay tarea que sea imposible. Esa es la combinación mágica de este hombre que desde el fin del mundo llego al centro para cambiar al mundo.

(Fuente: Infobae.com.)

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