Je Suis Kouachi. Por Lluis Uria

La lacra que corroe a la sociedad francesa está en los barrios dejados de la mano de Dios de las ‘banlieues’
Frente al lema «Je suis Charlie», simpatizantes de los islamistas nutren la red con una campaña contraria.


No todos somos Charlie, es una evidencia. A pesar de los cientos de miles de voces que se escucharon el domingo en París, no todos los franceses son ni se sienten Charlie. El viejo león de la extrema derecha francesa, Jean-Marie Le Pen, fue uno de los primeros en desmarcarse de la union sacrée promovida por el presidente François Hollande y seguida por la práctica totalidad de las fuerzas políticas. «Yo no soy Charlie», declaró. Antes de anunciar muy oportunamente sobre la marcha -lo hizo ayer- su candidatura a la presidencia de la región Provenza-Alpes-Costa Azul, en busca del rédito del miedo. Le Pen será muchas cosas, pero no hipócrita. Algo que sin duda le agradecerá el dibujante de Charlie Hebdo Willem, quien fiel al carácter irreverente y maleducado del semanario rechazó con cajas destempladas ciertas solidaridades sobrevenidas: «Vomito sobre quienes, súbitamente, dicen ser nuestros amigos», ha dicho.

No todos son Charlie. Y donde menos Charlies hay, se quiera o no, es entre los jóvenes musulmanes de los barrios de la inmigración. Porque es justamente de allí -y no de otro lado- de donde salió Mohamed Merah, el terrorista que asesinó a siete personas en Toulouse y Montauban en marzo del 2012, y de donde han salido ahora los hermanos Chérif y Saïd Kouachi, y Amedy Coulibaly. Y es justamente allí donde más comprensión suscita su barbarie y donde el nombre de los mártires -ya pasó con Merah- es celebrado como si fueran héroes.

Mientras en todo el mundo se enarbolaba el lema «Je suis Charlie», en solidaridad con las víctimas del primer atentado y en defensa de la libertad de expresión, los islamistas y sus simpatizantes difundían por Twitter el hashtag #JeSuisKouachi, que el viernes por la noche -tras la doble toma de rehenes y la muerte de los tres terroristas por la policía- se alzó al número 5 de trendig topic mundial y que en los últimos días ha suscitado, según el portal Topsy, más de 45.000 tuits.

Basta un somero repaso para comprobar que no todos los tuits son un vehículo para la apología del terrorismo -castigada en Francia con hasta siete años de prisión-, sino que, sobre todo en las últimas horas, hay muchos que muestran su rechazo, reclaman su bloqueo por parte de Twitter o aprovechan para atacar al islam. Pero también hay quienes, de forma abierta o anónima, se indignan por la muerte de los terroristas o manifiestan algún tipo de comprensión: «Denuncio el acoso de los policías contra esos dos musulmanes, #JeSuisKouachi y digo ¡bravo!», escribe uno; «Yo soy musulmán y Kouachi me representa», apostilla otro. Junto a ellos, los islamistas destilan amenazas concretas: «En Francia, miles de Kouachis esperan sólo que la ocasión se presente ;-)», «Es el principio, abrid vuestras cuentas, queremos morir, os matamos y tomaremos nuestra revancha histórica».

Los tuits son un síntoma de que la pretendida unidad de la sociedad francesa, magníficamente puesta en escena en la histórica y emotiva «marcha republicana» del domingo, es mucho más frágil de lo que parece. Basta escuchar los comentarios que se dejan caer en las calles. Esas condenas a medias tintas, esos «sí, pero», esos reproches apenas velados… Como síntoma son los incidentes registrados en al menos 70 colegios -pocos con relación a los 60.000 centros escolares, pero significativos- con motivo del minuto de silencio en homenaje a las víctimas de Charlie Hebdo celebrado el jueves, que algunos chavales se propusieron boicotear. «Se les había advertido», «Es normal vengarse»… fueron algunos de los comentarios que tuvieron que torear los maestros.

Ríos de tinta han sido vertidos y se seguirán vertiendo en el intento de establecer hasta qué punto toda esta violencia surge del corazón mismo del islam o de su práctica. Muchas voces interesadas no faltarán a la hora de atizar el miedo y la sed de venganza con espurios objetivos. Pero el debate es lícito y la reflexión, necesaria. «Las raíces de este mal que te roba hoy el rostro (en referencia al islam) están en ti mismo, el monstruo ha salido de tu propio vientre», advertía recientemente en una carta abierta en la revista Marianne el filósofo árabe Abdennour Bidar, quien atribuía la deriva islamista a la «religión tiránica, dogmática, literalista, formalista, machista, conservadora y regresiva» en que se ha convertido «el islam ordinario, cotidiano».

Las posibles raíces religiosas del mal, sin embargo, están lejos de explicar completamente el arraigo del islamismo extremista entre los jóvenes musulmanes franceses y europeos. Más importante aún que las interpretaciones abusivas de los preceptos del islam lo es la realidad social que se vive en los barrios pobres de las grandes ciudades, en los polígonos de viviendas sociales de las banlieues -fruto de las pesadillas arquitectónicas de los años cincuenta a setenta-, convertidos en guetos étnico-religiosos donde la mayoría de los jóvenes, con un paro que oscila entre el 45% y el 50%, carecen de futuro.

La lacra que corroe a la sociedad francesa está ahí, en estos barrios dejados de la mano de Dios, físicamente arrinconados, donde el fracaso escolar, el desempleo, el crimen y la violencia socavan la cohesión social. Es ahí, en estos barrios, donde nace el sentimiento de exclusión y el resentimiento del que su nutre el repliegue identitario y el nihilismo de los jóvenes candidatos a la yihad.

Detrás de la formidable fachada de unidad exhibida el domingo en París se esconde una fractura profunda, que los atentados de la semana pasada amenazan con ahondar. La brecha de desconfianza mutua entre franceses es hoy un poco más ancha. Y puede acabar siendo devastadora.

Fuente: La Vanguardia
Autor. Luis Uría
Foto: Twitter

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