Yihadismo vs Occidente: La difícil convivencia de dos sistemas opuestos

La cultura occidental cree que es posible la defensa del derecho al discurso obsceno, sexista, antirreligioso y hasta racista sin que esa defensa implique adherir a tales valores. Existe la libertad de expresión y a la vez existen el derecho a la identidad individual y a la libertad de culto, por lo cual cuando hay un conflicto de intereses entre facultades contrapuestas se puede recurrir a la Justicia para que lo dirima.

En cambio, el islam radicalizado no lo cree así. Aquellos que lo encarnan en organizaciones como los Taliban, Boko Haram, el Estado Islámico (ISIS por su notación internacional) o Al-Qaeda proponen un mundo reducido al nosotros contra ellos, amigo versus enemigo. Eso se vio en los atentados contra la redacción del periódico satírico Charlie Hebdo y el Hyper Cacher en París, y también en las ciudades nigerianas de Baga y Doron Baga (donde la cifra de muertos se estima en 2.500 personas). Y en una larga lista de actos de terror con la firma del yihadismo que se puede contar desde el más espectacular –los ataques coordinados en los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001– pero cuyos antecedentes se hallan en la segunda mitad del siglo XX.

En el mundo contemporáneo estas dos miradas comparten el ciberespacio y también la geografía real, dadas la movilidad global migratoria (Francia tiene la mayor población musulmana de Europa) y las campañas internacionales de intervención militares.

En esos territorios, reales y virtuales, chocan las características incompatibles entre la cosmovisión plasmada en las leyes de los países occidentales y la ideología fundamentalista cuya norma es la sharía (una interpretación entre otras, no un dogma, de varios textos islámicos) que establece un código y una moral que repudian la diferencia y la tolerancia.

¿Es posible abrir una brecha en esa incompatibilidad? ¿Es posible hacer que estas miradas sean compatibles? ¿O –como han señalado varios intelectuales europeos– los países occidentales no pueden enfrentar algo similar al nazi-fascismo sin violentar sus valores fundamentales de libertades individuales y respeto por el diferente (por ejemplo, recurrir a la detención sin debido proceso o a los interrogatorios con torturas como el submarino)?

Infobae consultó a tres académicos que trabajan sobre estos temas en los Estados Unidos. También discutieron si hay democracia ante la posibilidad de límites a la expresión y si lo que sucede entre los países occidentales y el yihadismo es o no una guerra.

«Esta cuestión tiene un fondo fundamental: ¿el permiso de un Estado a decir algo implica que ese Estado apoye el discurso? O a la inversa, implica que el Estado no se preocupe o no crea en la verdad?», repreguntó Joseph Prud’homme, profesor de Ciencia Política y director del Instituto para el Estudio de la Religión, la Política y la Cultura de Washington College.

«En su estudio sobre la libertad, John Stewart Mill estableció la defensa clásica de que las leyes garantizan la libertad de expresión», recordó. «En su perspectiva, si el Estado autoriza una gama amplia de expresión, el Estado no es indiferente a lo que es verdadero. Más bien el Estado establece dos cosas: primero, que muchas verdades –como aquellas de la esfera religiosa– deben ser comprendidas y consentidas en libertad para que se mantengan significativas, y por ende tales verdades no pueden ser coercitivas; segundo, que se llega mejor a esas verdades por medio de un debate público vívido y abierto, y la difusión de todos los lados de los temas controversiales».

Brigitte Nacos, periodista, escritora y profesora de Ciencia Política en Columbia University (donde ofrece el e-seminario Covering Terrorism), actualizó esa mirada: «Creo que la gente con valores culturales y/o religiosos diferentes –incluidas sus perspectivas sobre libertades civiles– pueden vivir juntos y hasta aprender del otro en tanto nadie fuerce a aquellos con otros valores y actitudes a que adopte los propios». Y matizó: «Esto es, desde luego, un problema particularmente difícil si uno de los lados recurre a la violencia para prevalecer».

El deber número uno de cualquier gobierno, agregó Nacos –tan luego mientras Bélgica realizaba varios operativos antiterroristas simultáneos– es «garantizar las vidas de su pueblo, por lo cual hay que prevenir ataques como los que sucedieron en Francia la semana pasada, y aquellos que los planearon y realizaron, o quienes lo hagan en adelante, deben comparecer ante la Justicia».

Como ella, David Romano, profesor de Ciencia Política en Missouri State University, cree que «es muy grande la complejidad de los temas en cuestión». Pero también cree que existe un núcleo duro principal: «el conflicto entre los valores liberales y los valores iliberales».

Aunque hay países en los que poco pesa el islamismo donde se ejerce un gran control de la libertad de expresión y los medios de comunicación, aclaró, el lado iliberal se concentra «en una gran cantidad de países con mayorías musulmanas». Del otro lado, «los sistemas políticos occidentales democráticos se basan en que los derechos individuales, entre ellos la libertad de prensa y la de expresión, son fundamentales».

Eso incluye el derecho a expresar cosas que pueden ofender a alguien: «La libertad de expresión no significa nada si sólo protege el discurso que no es ofensivo, pues no es un problema», ironizó Romano.

También Nacos ­­–quien ha publicado Terrorism and Counterterrorism y Mass-Mediated Terrorism, entre otros libros, y es autora del blog Reflective Pundit– hizo hincapié en ese aspecto de la cuestión: «El derecho a la libertad de expresión y de prensa se defiende con facilidad si se está de acuerdo con los puntos de vista que se expresan; es mucho más difícil de defender cuando uno rechaza profundamente las opiniones manifestadas. Pero con la libertad de expresión viene lo bueno y lo malo en una democracia».

En los países liberales los únicos límites a la expresión se relacionan con la incitación a la violencia. «Algunos países en Europa han prohibido la promoción del nazismo, o la negación del Holocausto o el genocidio armenio», ilustró Romano. «La gente puede decir cosas bastante intolerantes o racistas, pero caben dentro de la libertad de expresión. No se puede generar un ambiente donde los islamistas extremos no hallen ofensivas algunas cosas. Y no creo que la respuesta sea la autocensura».

–¿Cuál sería la respuesta?

–Los gobiernos deben continuar asegurando al mundo que respetan las creencias de todas las personas y que los ciudadanos musulmanes son miembros plenos de la sociedad, pero que no son responsables de lo que se publica en medios como Charlie Hebdo: los gobiernos no publican lo que publica Charlie Hebdo ni lo respaldan, sino que respaldan el derecho a que se haga, y por eso deben defender a esta gente.

Si existiera un camino a la compatibilidad, en buena medida depende menos de Occidente de lo que se piensa. Dijo Prud’homme –quien trabaja en las áreas de filosofía política, teoría legal, historia intelectual y asuntos religiosos, culturales y políticos­–: «El mundo islámico debe continuar la tarea laboriosa de marginalizar a los extremistas dentro del Islam». Romano coincidió: «Esta semana Al Azhar –la institución más prominente del mundo islámico sunita– emitió un comunicado en el que simplemente llamaba a ‘ignorar una frivolidad odiosa'».

En efecto, la casa de estudios islámicos fundada en 970 reaccionó a la primera tapa del semanario satírico tras la masacre, que muestra al Profeta Mahoma, lloroso y con el cartel «Je suis Charlie», bajo la leyenda «Todo está perdonado». El texto decía: «Al Azhar llama a todos los musulmanes a ignorar esta odiosa frivolidad. La estatura del profeta de la misericordia es mayor y más noble que el hecho de verse empañada por dibujos que no respetan ninguna moral o norma de civilización».

Para Romano –especialista en Medio Oriente, violencia política y terrorismo, politización del islam y teorías sobre paz y conflicto–, ese es el enfoque correcto: simplemente ignorar. «Charlie Hebdo ha publicado un montón de cosas sobre los judíos, los cristianos y toda clase de gente. Y lo han ignorado. En cambio, segmentos importantes del mundo musulmán perdieron la chaveta y mostraron que era muy fácil provocarlos. Y eso llevó directamente a los hechos del 7 de enero. Pero no podemos culpar a Charlie Hebdo: ellos ofenden a todo el mundo, a eso se dedican. Pero los otros grupos no fueron a las oficinas a matar a los humoristas… Ese es un problema del mundo musulmán, y el mundo musulmán tiene que arreglarlo».

En la perspectiva de Prud’homme, se necesitan dos acciones del liderazgo musulmán: «Primero se debe enfatizar que el Islam mismo afirma que su Dios quiere el consentimiento libremente elegido de la verdad religiosa, y que su propio Profeta participó en diálogos y debates racionales con aquellos que escucharon su mensaje, muchos de los cuales al comienzo discreparon, y con fuerza en muchas ocasiones, con sus dichos».

El profesor de Washington College dio como ejemplo al general Abdel Fattah el-Sisi, quien se refirió a eso mismo, y sugirió: «Las figuras como él –musulmanes en posiciones prominentes– necesitan redoblar sus esfuerzos para reiterar que el Islam contiene en su seno un respeto por la libertad de pensamiento y de discusión, y que puede ser interpretado como para afirmar la importancia crucial del consentimiento libre de un individuo a la verdad en cuanto a la religión».

En segundo lugar, propuso, las personas que encarnan autoridad en el mundo musulmán «deben marginalizar a los extremistas en un sentido mucho más concreto: con la destrucción física de aquellas fuerzas que recurrirían a la violencia». El enfoque es doble porque «se trata de una batalla de dos caras».

No obstante esas posibilidades, Romano se mantiene pesimista: «No creo que los valores liberales y los valores iliberales puedan cohabitar. Creo que la lucha entre ISIS y Occidente es necesaria porque son incompatibles. ISIS defiende su visión de matar a todos los que no son musulmanes sunitas, y no sólo musulmanes sunitas sino su específica interpretación de eso. Le dijeron al periodista alemán Jürgen Todenhöfer que van a matar a todos los demás, es decir a cientos de millones de personas». Y concluyó: «El relativismo tiene sus límites».

Fuente: Infobae.com

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