Las víctimas olvidadas: vidas quebradas por el ataque a la Embajada. Por Jaime Rosemberg


A 23 años del Atentado a la Embajada de Israel
Un tano «familiero» y simpático que amaba la naturaleza. Un uruguayo empeñado en arreglar artefactos, con dinero de por medio o sin él. Un cura entregado a su vocación repartida entre las villas y una coqueta iglesia de la Recoleta. Nueve empleados, entre argentinos e israelíes, con trabajo en una sede diplomática.

Son éstas sólo un puñado de las 29 historias cortadas de cuajo aquel 17 de marzo de 1992, cuando el terrorismo fundamentalista puso su primer pie en Buenos Aires. Fueron 29 las vidas que la bomba asesina y su onda expansiva derrumbaron, junto a la vieja casona de Arroyo y Suipacha, que en 1950 se había convertido en la embajada de Israel en Buenos Aires.

Por algún triste designio del destino, o porque llegó un año y medio antes que el igualmentedevastador atentado a la sede porteña de la AMIA , en julio de 1994, aquel primer atentado -que también dejó más de 200 heridos- quedó atrapado, para muchísimos argentinos, en una oscura nube de olvido. Largos 23 años de silencio mediático, social y político corrieron a la par de la impunidad de la que gozaron y aún gozan los perpetradores locales y extranjeros de aquel primer e inesperado ataque.

El lugar donde alguna vez existiera ese majestuoso edificio de tres plantas, con pisos de madera, escaleras de mármol y un enorme candelabro que daba la bienvenida a los visitantes es hoy una plaza seca. Trajeados oficinistas llegan allí al mediodía con sus Tuppers, almuerzan, se relajan, fuman un cigarrillo y sonríen, despreocupados, a la sombra de los árboles de tilo allí plantados. Grupos de turistas llegan, de tanto en tanto, para conocer en detalle la historia del lugar, en el que una placa, allá en la pared del fondo, recuerda los nombres y apellidos de 22 de los 29 muertos (siete de ellos nunca pudieron ser identificados).

Decididos a pelear, cada aniversario, pero también cada día por la memoria de quienes ya no están y contra el implacable olvido, familiares y sobrevivientes del atentado siguen recordando gestos, acciones, palabras. Como si ese cotidiano ejercicio fuera suficiente para ahuyentar la bronca, la impotencia, la falta de respuestas que agiganta más y más las irreparables ausencias.
En el mismo lugar, un rato antes, Leandro Rodrigues de Oliveira buscaba con la mirada el nombre de su abuelo, Francisco Maradoni, un maestro mayor de obras que aquel 17 de marzo trabajaba en la refacción del frente de aquel emblemático edificio. «Era su último día de trabajo allí, ya estaba pensando en iniciar los trámites de jubilación», cuenta Leandro, que sólo tenía un año y diez meses cuando murió su abuelo, pero que parece haber tomado muy en serio el objetivo de perpetuar los recuerdos de Francisco.

«Era un típico tano familiero, que vino al país cuando era adolescente, amante de la naturaleza y de las sierras de Córdoba», cuenta, con orgullo.

Le pregunto desde cuándo sabe que su abuelo murió en la puerta de la embajada de Israel. «Siempre lo supe, aunque no recuerdo un día concreto. Sé que a mis padres les costó decírmelo y que, para mí, él se había ido al quiosco a comprar golosinas», dice Leandro, en un bar cercano a la UADE, donde trabaja como analista de sistemas.

Sé que a mis padres les costó decírmelo y que, para mí, él se había ido al quiosco a comprar golosinas

¿Y por qué seguir, a pesar de la falta de respuestas? «Me emociona mucho el ejemplo de Carlos [Susevich]», dice Leandro, en relación con el padre de Liliana, una de las administrativas de la embajada que murió en el ataque. Con 91 años y problemas de salud desde hace años, «Carlos es el símbolo de la búsqueda de justicia», dice Leandro, que maneja el sitio de los familiares de las víctimas en la red social Facebook.

Leandro celebra las palabras de la presidenta Cristina Kirchner, quien en su discurso a la Asamblea Legislativa recordó la falta de avances en la investigación del atentado, aunque lo haya hecho en medio de críticas hacia Israel por «no haberse presentado como querellante» ante la Justicia y luego de un curioso razonamiento en el que recordó que «un ortodoxo israelí» mató al ex primer ministro Itzjak Rabin.

«Es bueno que se diga que no hubo un solo atentado, sino dos», razona Leandro. Dice creer en la Justicia, y se esperanza en que «no hay crimen perfecto», pero pide «investigar la conexión local del ataque, algo que nunca se hizo». Promete, como Elena, estar en los actos de recordación: el de pasado mañana, sólo organizado por los familiares, y el del jueves, que motoriza la embajada de Israel.

Elena Brumana no pierde la sonrisa. Viene con ella desde Suipacha, cruza con ella la calle Arroyo y sigue con ella mientras se sienta en un bar, frente a la iglesia donde su hermano Juan Carlos trabajó el último año de su vida, antes de ser alcanzado por la tragedia. «Me gusta hablar de mi hermano, éramos muy amigos», me dice Elena mientras saca de su cartera recortes, un libro y textos que recuerdan a su hermano varón, que con 37 años cumplía el rol de vicario parroquial en la iglesia Madre Admirable, frente mismo a la embajada.

Elena recuerda -como lo ha hecho mil veces- las últimas horas de su hermano. Cuenta que ese martes 17 de marzo de 1992 almorzó con su superior, José Luis Mollaghan, y el padre del párroco, y que esperaban a Ramón, un joven seminarista que se incorporaba a la parroquia. Estaban en la planta baja, y como el visitante se demoraba, Brumana decidió ir a su habitación en el primer piso. «Cuando llega, me avisa», comentó. Su cuerpo -cuenta Elena, sin titubear- apareció horas después en la calle, tapado de escombros, con la camisa sacerdotal puesta.

Le pregunto si es posible perdonar a quienes asesinaron a su hermano, que repartía sus días entre los jóvenes universitarios que se acercaban a la fe cristiana, el hogar de ancianos que también funcionaba allí y sus domingos en la villa 31. Me contesta con una cita de san Bernardo, quien le preguntó a Dios por la muerte de su hermano Gerardo: «¿Por qué te lo llevaste tan joven?», pregunta el texto. «Dios está siempre, pero las decisiones las tomamos los humanos, la violencia y la maldad están en nosotros. Él era lo contrario: el bien, la verdad, la belleza. Le tocó, su vida fue entrega hasta el final», monologa la hermana del sacerdote.

Como la mayoría de los familiares de las víctimas, Elena no se mete en los recovecos de la investigación del atentado, a cuyo cargo está desde 1997 el secretario de la Corte Suprema, Esteban Canevari, y que sólo arrojó una declaración de culpabilidad de la Jihad islámica, brazo armado del movimiento proiraní Hezbollah en 1999.

Ni un procesado ni un detenido, nada que permita albergar una mínima esperanza de justicia. «Me dan bronca muchas cosas, pero Juan Carlos tenía tanta paz que nos la transmitió a nosotros. Él era paz, y la paradoja es que lo mató la violencia», dice Elena.

Si la irracionalidad de un ataque terrorista todavía puede ser puesta en duda, el testimonio de Nelly Durán actúa como una muestra eficaz del absurdo.
Su marido, Miguel Ángel Lanzieri, llegó a Arroyo 932 a instalar un aire acondicionado en el lugar y el momento equivocado. «Un guardia de la embajada le prohibió bajar y lo hizo cruzar la esquina. Ahí se produjo la explosión? él ni sabía que ahí había una embajada», cuenta Nelly, con tono amable, desde su oficina en la Defensoría del Pueblo.
Los marzos son difíciles para Nelly y los cuatro hijos que tuvo con Miguel, con quien se vino desde Paysandú, Uruguay, a forjarse un mejor destino. «Me cambia el humor, estoy triste, como enojada», reconoce. Recuerda a Miguel como «un tipo que ayudaba a todo el mundo, que no se fijaba si tenía plata o no, que siempre estaba para sus hijos y los que lo necesitaban».
Informada, le indigna que el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, haya dicho a principios de este mes que la investigación del ataque donde murió su marido es «cosa juzgada». Y opina: «Es increíble que diga eso. Pero gracias a que se habló, se reflotó el tema».
La «invisibilidad» de los muertos de la embajada es, sin dudas, el centro de sus quejas. «A mis hijos en la escuela se los confunden con las víctimas del ataque a la AMIA», cuenta resignada.
«Y mi marido era un trabajador que sólo quería hacer su trabajo. Nos sentimos usados por los gobiernos que pasaron y prometieron sin cumplir», dice. También apunta a Canevari, «quien jamás nos llamó a los familiares. Es una cachetada más en estos años», se despacha.
Nos sentimos usados por los gobiernos que pasaron y prometieron sin cumplir
Al igual que a Elena, a Nelly la religión la ayudó a sobrellevar tanta angustia. «Así como está el bien, está el mal. Si tenés fe, todo es más fácil», monologa, aunque recuerda sin alegría que los primeros 
años «lloraba por los rincones»
En la nueva sede de la embajada, cercana a la Casa Rosada, Lea Kovensky, atiende llamadas y consultas de sus colaboradores, mientras entra en su memoria aquel marzo en el que su vida cambió para siempre. «Era un día de calor, el verano no terminaba de irse, y nosotras planeábamos un fin de semana con las chicas», dice Lea, entonces secretaria del agregado militar de la embajada, y hoy funcionaria del área de Cultura de la sede diplomática. «Estaba en la planta baja, con Mirta y Enrique, dos compañeros, charlando. La bomba me agarró entre amigos, pasando un momento lindo», cuenta con un dejo de nostalgia.
Por su mente pasan su amiga Marcela Droblas, entonces secretaria del agregado cultural Rafi Eldad; Mirta Saientz, asistente del embajador Itzjak Shefi; Liliana, Raquel, Zeava, Eliora y Beatriz, todas empleadas de la sede diplomática. También David Ben Rafael y Eli Ben Zeev, funcionarios israelíes alcanzados por la bomba que redujo a escombros la mayor parte del edificio.
«Me salvé porque estaba en la planta baja, pero lejos de la esquina, donde entró la camioneta bomba», cuenta Lea, que aturdida como estaba debió recorrer buena parte del edificio destruido hasta encontrar la salida. «Tengo imágenes de esa recorrida y lo que vi, tenía mucha culpa, pero no podía hacer nada», rememora, sin evitar bajar el tono. Se recuerda preguntando, desesperada, por el destino de Marcela. «Alguien me dijo que la vio en la entrada. Ahí lloré: sabía que era mentira, que ella no estaba», repite.
Me salvé porque estaba en la planta baja, pero lejos de la esquina, donde entró la camioneta bomba
Con la explosión, a Lea se le incrustaron miles de pequeños vidrios en el rostro y otras partes del cuerpo, pero ella les quita importancia. «Las esquirlas de afuera se curaron. Las de adentro una se las va sacando de a poco», se sincera ante LA NACION en la concurrida cocina de la sede diplomática.
¿Qué sensaciones le vienen a la cabeza? «No hay bronca ni deseo de revancha, sólo tristeza. Cuánta muerte, cuánto daño, cuánta separación sin sentido, para nada, porque estos atentados no modifican nada», reflexiona.
Lea cuenta que pasó dos años por el psicólogo, al que define como su «salvador de conciencia», al igual que el resto de los empleados sobrevivientes. Después se volcó al Movimiento Humanista, donde tiene «un replanteo constante». Y define: «Nada me es ajeno, todo lo que hago tiene que ver con otros».
Me cuenta que nunca se planteó dejar de trabajar en la sede diplomática. «Jamás lo pensé. Trabajar en la reconstrucción de la embajada fue como trabajar en mi propia reconstrucción», asegura, tan convencida como Elena, Nelly y Leandro sobre la necesidad de recordar, como eficaz antídoto contra tanto olvido..
Fuente: La Nación
Fotos; Gentileza La Nación

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