Una muerte que no deja de crecer. Por Alina Diaconú

Lo recuerdo muy bien. Era un matrimonio de cuarentones: Amadeo y Magdalena. Amadeo, escritor, se encontraba en una etapa de esterilidad literaria. Ambos tenían un gran problema en su casa: un cadáver en el dormitorio, que se agrandaba y se agrandaba. El cadáver había adquirido en los últimos años una enfermedad incurable: la «progresión geométrica», así la llamaron. Crecía y crecía. Era una situación álgida, por lo tanto: Amadeo y Magdalena veían cómo el cadáver iba ocupando cada vez más espacio en su departamento. Estaban desbordados, desesperados.

«Se ha agrandado más -dice Amadeo-. No va a caber en el diván. Sus pies lo sobrepasan ya. Era un hombre joven. Ahora tiene una gran barba blanca.»

Le responde Magdalena: «Los muertos envejecen mucho más rápidamente que los vivos».

«Los dedos de los pies le han desfondado los zapatos», observa Amadeo.

¿Qué es esto?, se preguntará el lector con perplejidad. Lo que acaba de leer es uno de los diálogos de la famosa obra de Eugène Ionesco (padre del teatro del absurdo) Amadeo o cómo salir del paso. En su título original, Amédée ou comment s’endébarrasser . Creo que se representó alguna vez en Buenos Aires. Se trata, por supuesto, de una comedia bizarra, que data de fines de los años 50 y que se originó en un cuento del dramaturgo franco-rumano titulado «Oriflamme» (publicado en su libro La photo du colonel).

Tan tragicómica y tan absurda es esa obra, Amédée, que los personajes ya no recuerdan quién asesinó al hombre cuyo cadáver está escondido en su departamento y crece incesantemente. ¿Fue Amadeo? ¿Fue Magdalena? ¿Lo mataron otros y lo dejaron, a propósito, en su casa? ¿Es el muerto un invitado que llegó allí y se suicidó? En la pieza, ese fallecimiento ocurrió hace quince años, y ellos ya no saben a qué ni a quién atribuirlo. Lo único que saben es que el cadáver se va agigantando y que los va desalojando de a poco.

¿Por qué recuerdo esta obra de Ionesco? Porque, por desgracia, historias macabras como ésta han ido signando nuestra vida cotidiana en los últimos tiempos. El fiscal Nisman está absolutamente vivo. Aparece en televisión, hablando, gesticulando, sonriendo, entre pericias y versiones contradictorias, dichos y entredichos, hipótesis, especulaciones, chismes inapropiados e irreverentes que buscan crear más confusión y revelaciones que poco revelan .

Mientras tanto, la verdad sigue siendo esquiva y, por eso mismo, la presencia del fiscal, desde la ausencia, se va agrandando más y más. Ojalá esa presencia crezca, como el cadáver de la obra de Ionesco, hasta desalojar las manipulaciones, la hipocresía y las malas artes que hay detrás de este gravísimo caso.

En la pieza en cuestión, el cadáver no les da tregua a los protagonistas. Le dice Magdalena a Amadeo: «Si nos hubiera perdonado, no se agrandaría. Puesto que sigue agrandándose, es que tiene todavía reivindicaciones».

Suele ocurrir que cuando los muertos son figuras públicas y reconocidas comienzan a ser idealizados y, aunque hayan tenido un pasado conflictivo, aunque hayan sido personas controversiales, se convierten automáticamente, gracias a su desaparición física, en «los buenos» de la película. No es esto lo que sucede en el caso del fiscal. Al contrario, su memoria ha sido empañada a más no poder por opiniones vertidas a la ligera, por la exhibición de aspectos de su vida privada que nada hacen a la cuestión central -su denuncia de la Presidenta y otros funcionarios por el supuesto encubrimiento de los autores del atentado a la AMIA- y por fallos como el que acaba de dar la Cámara Federal, que desestima la denuncia e impide la investigación.

Entrevistado por el periodista francés Claude Bonnefoy en un largo y apasionante reportaje acerca de las trampas de la historia y de la política reflejadas en sus obras y en el lenguaje, Ionesco respondió: «En verdad, el lenguaje no hace más que contradecir a cada instante una realidad sumamente simple y visible; es como si nos rehusáramos a ver esa realidad. Así, los países que oprimen dicen que liberan, la tiranía toma el nombre de libertad y la venganza, el de la justicia».

En el libro El hombre cuestionado, Ionesco dice: «En el tiempo de Hitler, la mentira y la propaganda eran tan groseras que podían fácilmente descubrirse. Hoy, el Diablo tiene mucha, mucha más experiencia y puede construir sociedades enteras sobre la mentira, que se ha vuelto infinitamente más sutil».

Conocemos bien los discursos contradictorios y las mentiras disfrazadas de verdad. Necesitamos que el cadáver siga creciendo (y no se achique) para que sea como la bola de nieve: un removedor de conciencias que, al agrandarse, vaya cobrando una resonancia imposible de acallar.

Fuente: La Nación
Autor: Alina Diaconú

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