Hormigón y objetos rotos para no olvidar a las víctimas del Holocausto

Zapatos, vestidos, coladores, radios, muñecos, herramientas, paraguas… Objetos destruidos para reconstruir la memoria y cerrarle el paso al olvido. El Monumento Nacional a la Memoria de las víctimas del Holocausto está listo para ser inaugurado en una plaza a poca distancia de la mezquita islámica, en la intersección de las avenidas Libertador y Bullrich.

Es una obra en hormigón compuesta por 114 cubos –en representación de las 113 vidas que se cobraron los atentados de la Embajada de Israel y la AMIA– donde los objetos que componen la geografía de la vida humana, en todas sus etapas, aparecen estampados en siluetas identificables: un delantal de cocina, un vestido de niña, una radio, unos auriculares, una cámara de fotos… cosas que a diario pasan inadvertidas, pero que cuando el hombre, la mujer, el niño, el anciano ya no están, cobran la fuerza de una presencia.

Proyectado y construido por los arquitectos Gustavo Nielsen y Sebastián Marsiglia, con un presupuesto de 4,4 millones de pesos, aportados por el Ministerio de Cultura de la Nación (el gobierno porteño edificó la plaza con un costo de dos millones de pesos), el memorial tiene por meta enfatizar la ausencia del ser humano a través de esas huellas impresas en las piedras.

En diálogo con Clarín, Nielsen –que además es escritor y Premio Clarín de Novela– dijo que “los objetos fueron destruídos para poder ser huellas en estas piedras. Son como fósiles urbanos expresados desde un registro poético, no histórico”. La parte histórica se ve en tres cubos negros: uno da nombre al memorial, otro tiene una estrella de David y el tercero tiene inscripto el año de la creación: 2014, según el calendario gregoriano y 5775, según judío.

Nielsen y Marsiglia entregaron el final de obra el pasado 8 de febrero. La inauguración aún no se ha producido. Nielsen asegura que la voluntad del gobierno nacional es inaugurarlo “próximamente”. Falta acordar una fecha entre el Gobierno de la ciudad, responsable de la plaza, y el Gobierno nacional, custodio del monumento. Pero no es el único obstáculo: la muerte del fiscal de la causa AMIA, Alberto Nisman, hizo que se tensaran las relaciones entre las dos entidades representativas de la colectividad judía (DAIA y AMIA) y el Gobierno nacional.

Nielsen y Marsiglia ganaron un concurso internacional entre 70 proyectos, impulsados por las embajadas de Israel y Alemania, el Museo de la Shoá, y los gobiernos mencionados, en 2009. Finalmente, en 2013, se edificó la plaza y el año pasado se puso en marcha el monumento. Primero realizaron moldes en caucho siliconado, con el apoyo de diseñadores gráficos, industriales y constructores. Luego el molde se volcó en la piedra y así se fueron imprimiendo las siluetas que dan cuenta de una cultura diezmada durante el nazismo.

“Es cierto que es una obra dedicada al Holocausto, pero el registro poético hace que abarque todos los genocidios y crímenes de lesa humanidad. Hicimos, para la recolección de objetos, una campaña de donación a través de Facebook y fue increíble la participación de la gente, todo el mundo quería ser parte del monumento”. Y así fue como llegaron los objetos que eran endurecidos con yeso o alginato (de uso frecuente en odontología) para seguir su proceso de moldeado.

El proyecto tiene largo alcance: hay además un documental en marcha, a cargo del cineasta Luis Campos, y un libro en producción. Ambos dan cuenta del proceso de creación del memorial y también contienen los nombres de los donantes anónimos que ofrecieron objetos queridos para ser parte de algo que venciera al tiempo.

Fuente: Clarín
Autor: Susana Reinoso entrevista al Arq. Gustavo Nielsen

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