Europa, otra vez la tentación antisemita

Finalmente, el odio al otro lo condujo a una cama de hospital. De tanto odiar al prójimo -en especial a los judíos, los árabes y los extranjeros-, Jean Marie Le Pen terminó incluso odiando a su hija y heredera política, Marine, que para llegar al poder intenta limpiar al Frente Nacional (FN) de sus peores genes.

«Yo no cambio de opinión fácilmente. Las cámaras de gas nazis fueron un detalle de la Segunda Guerra Mundial», repitió por enésima vez este mes el fundador de la formación de ultraderecha, desafiando a la justicia -que ya lo condenó varias veces- y a las instancias partidarias que podrían excluirlo en los próximos días.

La historia lo confirma: el odio al otro termina provocando dramas personales, desventuras nacionales y cataclismos mundiales. Esa detestación, que adopta diversas formas y persiste a través del tiempo a pesar de las leyes y los avances de la civilización, tiene un solo nombre: racismo. Ya se trate de antisemitismo, islamofobia, homofobia o xenofobia, el racismo aumenta en períodos de crisis, crece y muestra sus músculos con los populismos y los extremismos.

Europa, naturalmente, está lejos de ser la excepción. Azotada desde 2008 por las consecuencias dramáticas de la crisis de las subprimes y las sucesivas políticas de austeridad, incapaz de aplicar un modelo de integración satisfactorio para los millones de inmigrantes que han llegado en las últimas décadas en busca de un futuro mejor, el continente se encuentra hoy frente a un inmenso desafío: ¿cómo mantener la unidad nacional en países donde la ausencia de futuro de los marginados se cristaliza en las peores manifestaciones de racismo?

En 2014, se duplicó el número de actos antisemitas registrados en Francia: 851 contra 423, en 2013. El 51% de esos actos fue dirigido contra los judíos, que representan menos del 1% de la población. Esa cifra, que produce escalofríos en la espalda, permite preguntarse cuáles son las características del antisemitismo europeo actual.

Como el resto de las manifestaciones racistas, el antisemitismo -ese cromosoma fundamental del antihumanismo- no tiene las mismas características en todas las épocas. Pero no hay que equivocarse: los diversos antisemitismos no se suceden, se sedimentan. Los más antiguos son menos visibles, pero sirven de zócalo a los nuevos, mucho más violentos por ser recientes. Hay un antisemitismo religioso, antiguamente fundado en el odio hacia aquellos acusados de haber crucificado a Jesús. Ese antisemitismo, que se dice cristiano, es doblemente anticristiano. «Nunca olvidemos que Jesús era judío», repite el papa Francisco desde que llegó a Roma. Su intención es la de alejar de la tentación antisemita a miles de creyentes, a veces con escaso éxito.

Hay también un antisemitismo ideológico, construido por los intelectuales. Uno de sus paradigmas fue Protocolos de los sabios de Sion, publicado en 1905 en San Petersburgo por encargo de Ivan Goremykin para denunciar una falsa conspiración como revancha después de que el zar Nicolás II lo destituyera del Ministerio del Interior. En Francia, el caso Dreyfus fue, entre 1894 y 1906, el revelador más espectacular. Y lo siguió el nazismo, que colocó el exterminio de los judíos en el corazón de su política de Estado.

Hay un antisemitismo económico, nacido de la codicia y de la envidia. Y hay también un antisemitismo geopolítico, maquillado de antisionismo, alimentado a partir de 1947 por las tensiones en Medio Oriente y recuperado desde entonces por todas las corrientes islamistas que gangrenan esa región, al ritmo de cada conflicto en el cual se implica Occidente.

Hoy Europa hace frente a una forma nueva y perniciosa de antisemitismo, podría llamarse «antisemitismo psicológico», que crece y que mata. No obstante, desde sus propagandistas en las redes sociales hasta los terroristas, quienes lo practican no son dementes. El antisemitismo psicológico penetra a tal punto en el cerebro de la gente que se vuelve inaccesible al razonamiento, supera la nacionalidad, la integración social e incluso la cultura original de sus practicantes. No se trata de un rechazo por deducción o repetición, fruto del adoctrinamiento o de un hechizo fanático, sino de un odio por convicción y educación, «instintivo», según aseguran sus adeptos, para hacer creer que se trata de algo espontáneo y disculpar así a familiares y mentores.

Los antisemitas de hoy actúan por reflejo y no por reflexión: en la era de Internet, sus cerebros están condicionados por bombardeos de imágenes en kit y de sound bites. Todos son difíciles de combatir y, probablemente, casi imposibles de «desradicalizar», desde los torturadores de Ilan Halimi, un joven secuestrado y asesinado en 2006 en Francia por una banda de 20 adolescentes «simplemente porque era judío», hasta los hermanos Kouachi, autores de la masacre de Charlie Hebdo; de Mohamed Merah, que asesinó en 2012 a siete personas a sangre fría -entre ellas, tres niños judíos- «para vengar al Profeta», a Amedy Koulibaly, autor del mortífero asalto al supermercado kosher en enero pasado.

Por esa razón, llamar a ese peligro «islamofascista» no es apropiado. Este nuevo fenómeno es, a la vez, menos organizado que el fascismo y sus masas, y peor que él en su determinación antijudía. Sobre todo, ha conseguido penetrar en el alma de individuos perdidos y sin futuro, y hacerles creer en sus destinos, en el heroísmo del asesino de judíos. Inventado con el 11 de Septiembre, ese cuarto de hora warholiano-islamista se ha transformado en el enemigo público número uno de las democracias europeas.

Pero la amenaza se detiene ahí. Es verdad, los actos antisemitas aumentan en Europa, pero no estamos en 1933. No son los gobiernos del continente quienes han puesto en marcha su maquinaria de Estado al servicio de la persecución de los judíos. Todo lo contrario. Sumándose al esfuerzo de otros países de la Unión Europea, el primer ministro francés, Manuel Valls, anunció la semana pasada que el gobierno destinará 100 millones de euros en los próximos tres años a un plan de lucha contra el racismo y el antisemitismo.

En ese contexto, el persistente odio a los judíos de Jean-Marie Le Pen puede ser leído como la obsesión de un hombre del pasado, representante de una generación al borde de la desaparición. Pero sería temerario bajar la guardia. El renacimiento de extremismos y populismos de todo tipo, incluso en el corazón mismo de la civilización, mantiene vigente la advertencia de Bertolt Brecht: «Todavía es fecundo el vientre del que surge la bestia inmunda».

Por Luisa Corradini | Fuente: La Nación

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