El terrorismo, otra vez… Por Michel Wieviorka

Por tercera vez en un año y medio, el terrorismo ha golpeado Francia, y lo ha hecho con saña. Y, como siempre, una avalancha de comentarios y emociones invade el espacio público y nos recuerda que el acto terrorista condensa en un instante todo tipo de significados:
si existe, como decía el antropólogo Marcel Mauss, un hecho total, es ese.

En efecto, todo se cuela en lo que se dice al calor del acontecimiento. Todo el mundo suele comenzar por la expresión, que queremos creer sincera, de una profunda empatía con las víctimas. ¿Las víctimas? No son sólo unos individuos y unas familias, son también la democracia, “nuestros” valores, la República. Es también una ciudad, Niza, conocida paradójicamente por su política de seguridad; sus numerosas cámaras de seguridad, por ejemplo, permiten reconstruir el recorrido urbano del criminal antes incluso de que cometa sus crímenes. Esa política fue implantada por Christian Estrosi, el antiguo alcalde de la ciudad y hoy presidente de la región Provenza-Alpes-Costa Azul.

La unanimidad es también muy real en la afirmación de que la nación se encuentra herida, en el día mismo de la fiesta nacional; y asimismo en los apresurados análisis de las implicaciones económicas, que mencionan todos una catástrofe para el turismo, para el sur de Francia sobre todo, y ello en plena temporada.

Sin embargo, el consenso se detiene ahí. Lo que sigue son críticas, reproches, tomas de partido contradictorias. Unos critican a la policía y los servicios de información, que no han hecho lo suficiente; otros los defienden y afirman incluso que trabajan con ahínco, que están al borde de sus fuerzas tras meses movilizados.

Y, sobre todo, el consenso está ausente en materia política. Porque, si bien las instituciones son respetadas, las afirmaciones enseguida se inscriben en la lógica de la campaña presidencial que concluirá en mayo del 2017. Sin que quepa sorprenderse, el poder afirma que hace todo cuanto es posible hacer; la derecha y la extrema derecha lo ponen en duda. Hay que decir que en su discurso oficial con motivo del 14 de Julio, apenas unas horas antes de la matanza, François Hollande había anunciado el inminente final del estado de urgencia, un modo de decir que el espectro del terrorismo estaba más o menos conjurado.

En semejante contexto, estando tan cerca de lo ocurrido, ¿es posible adoptar cierta distancia en relación con todo cuanto vemos en los medios de comunicación y las redes sociales? Lo cierto es que sí, y tres puntos al menos merecen nuestra atención.

El primero se refiere a la especificidad de Francia, que a su vez lleva a dos observaciones. Por una parte, Francia es la única, entre las democracias occidentales, en haber sido atacada con tanta frecuencia; y semejante constatación se ve reforzada si tenemos en cuenta que los atentados de marzo pasado en Bruselas fueron cometidos en Bélgica por terroristas que querían actuar en Francia y que actuaron con precipitación, donde pudieron, debido a la fortísima presión policial ejercida sobre ellos: después de Madrid (marzo del 2004) y Londres (julio del 2005), no ha habido otro ataque de envergadura en España ni el Reino Unido. Y, por otra parte, el impacto de la matanza de Niza está muy relacionado con la crisis política de Francia, que sale de una secuencia rocambolesca: tras llevar el país a un estado de agitación con una ley laboral rechazada por tres cuartas partes de la población, una fracción significativa de los diputados de izquierda y un gran mayoría sindical, el poder ha dado la imagen de una pantomima ridícula donde se intentaba dilucidar si el ministro de Economía, Emmanuel Macron, había ido demasiado lejos en su acción política personal como eventual candidato a la presidencia de la República y que alcanzó su clímax cuando el jefe de Estado tuvo que responder a propósito del sueldo de su peluquero (casi 10.000 euros desembolsados mensualmente por el Elíseo).

El poder ofrece aquí, una vez más, la imagen de no estar a la altura: o bien se encuentra superado por los acontecimientos (una vez es la crisis de los refugiados; otra, el terrorismo), o bien reducido a un espectáculo indigno donde ministros y jefes de Estado juegan partidas personales que ya no tendrían lugar en una serie televisiva de los ochenta, al estilo de Dallas. El sistema político francés está desbordado por arriba, por lógicas suprapolíticas, como es el caso del terrorismo, y hace aguas por abajo, con lógicas de opereta carente de contenido.

Segundo punto: el asesinato ha conseguido resultados espectaculares sin recurrir a armas de fuego ni explosivos, su arma ha sido un camión alquilado que condujo por el prestigioso paseo marítimo de Niza, a lo largo de dos kilómetros, cuando en realidad se trataba de un perímetro protegido. De modo que el repertorio terrorista es variado; los asesinos son capaces de cierta inteligencia, ilustrada por la elección del camión, un modelo de 19 toneladas particularmente potente y pesado que pudo burlar las barreras de seguridad. ¿Fue dictada o sugerida esa elección desde la distancia, por alguna organización terrorista como Daesh, por ejemplo, cuya situación militar se ha vuelto hoy precaria? ¿Se vio inspirado el asesino, de modo muy práctico, por lo que es posible encontrar en internet? En este momento lo desconocemos.

Por último, y es lo esencial, lo que sabemos del asesino confirma lo que dicen desde hace varios meses los trabajos de los investigadores en ciencias sociales: no existe un modelo único de violencia terrorista, sino una gran diversidad. El criminal de Niza no era conocido por los servicios de información; estaba fichado como delincuente, no como islamista. En algunos casos, la religión es el punto de partida de una trayectoria que conduce al acto terrorista; en otras, es más bien la culminación de un proceso de radicalización. Aquí, no ha habido mensaje islamista por parte del asesino, no acompañó su insensata carrera con gritos como “Alahu akbar” y, en el momento de escribir este artículo, no ha habido reivindicación por parte de Daesh u otra organización islamista. La mayor parte de los comentaristas se han apresurado a hablar, sin la menor prudencia, de terrorismo y de islam; no es imposible que hayan despachado el trabajo demasiado deprisa. En cualquier caso, las hipótesis deben diversificarse dada la complejidad del espacio que conforman: hay que contemplar explicaciones que van desde el islamismo radical fruto de un adoctrinamiento religioso hasta todo lo relacionado con el ámbito de la psiquiatría o el psicoanálisis y con poca relación (y puede que ninguna) con la fe o la ideología. Aquí, como en el caso de todo individuo que pasa al acto, hay que contemplar diversos registros en el análisis; la densidad histórica (a veces hay que remontarse a la colonización, la descolonización, la llegada a Europa del padre o el abuelo como trabajador inmigrante, el paro, la exclusión, el racismo vivido, etc.), el contexto (la crisis económica, sobre todo), la sensación de que no se tiene nada que ver con esa historia y con ese contexto, de vivir en un mundo sin sentido, en una sociedad sin referentes, la fragilidad psíquica que acaba facilitando las manipulaciones, etcétera. Un combate eficaz contra el terrorismo se libra en todos esos registros, y sabiendo bien que dependen de temporalidades diferenciadas: la represión y la vigilancia son inmediatas; el esfuerzo por mejorar el funcionamiento de las instituciones judiciales, policiales, psiquiátricas, de trabajo social, a medio plazo; y, por último, la reflexión a largo plazo sobre lo que es posible emprender para volver a dotar de sentido, recrear referentes. Se trata de un programa enorme que el calor del acontecimiento, la urgencia de actuar y el choque de las emociones hacen difícil que pueda ser pensado con seriedad.

Fuente: La Vanguardia

MICHEL WIEVIORKA Sociólogo

Foto: Playas de Niza,un día después del atentado

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