«Mudanza imposible», por Delfina Korn

Desde que empecé a buscar departamento para mudarme, a todos los que veo les encuentro el mismo defecto: siento que están demasiado lejos de una cosa difusa, que después de un tiempo llegué a comprender que soy yo. Desde la lógica no se entiende: ¿cómo voy a mudarme lejos de mí si obviamente el habitante de la nueva casa voy a ser yo? Sin embargo, el miedo persiste. Uno atrás de otro fui a ver departamentos y ese sentimiento confuso e irracional me impide tomar la decisión. Esta es una inquietud que obviamente no puedo compartir con los representantes de las inmobiliarias: “Está bien, tiene SUM, amenities, seguridad 24 horas, está a dos cuadras del subte y a una cuadra de la estación pero, ¿queda cerca de mí?”. Ya de por sí creo que las inmobiliarias saben de mi caso. Sospecho que debo estar en algún registro de nómades fantasiosos (los que nos pasamos la vida buscando departamento para en realidad no elegir ninguno porque amamos más soñar con vivir en otro lado que de hecho hacerlo). El otro día, una mujer de una inmobiliaria a la que llamé, me dijo en tono acusador: “Veo acá que vos estás buscando hace tiempo, ya te mostramos 7 departamentos en los últimos 2 meses…” Es que ahora los sitios de alquileres y ventas de inmuebles por Internet, que se avivaron de casos como el mío, te buchonean: llevan un control de las veces que un usuario manifestó interés por una propiedad o concertó citas para ir a verlo, y le muestran esa información a las inmobiliarias.

La gente me pregunta para qué quiero mudarme si adonde estoy, estoy bien. Creo que heredé la adicción a las mudanzas de mi mamá. Cuando yo era chica, nos mudamos 15 veces, muchas de esas por ninguna razón en particular más que un deseo irrefrenable de cambiar de dirección postal. Cada vez que algún aspecto de su vida no iba como ella esperaba, mi mamá le echaba la culpa a la casa. Como si los sitios estuviesen imbuidos de la buena o mala suerte que a uno le depara el destino. Una nueva casa significaba una nueva esperanza. Desde que vivo sola, sin embargo, no me mudé tantas veces. En mí esta compulsión vino en una versión actualizada: no concreto las mudanzas, solo sueño con ellas. Pero también pienso que la imposibilidad de anclar, de afincarse en un lugar, puede ser algo que provenga del lado paterno de mi familia, ya que también los integrantes de esa rama se la pasan rotando de un departamento en otro (excepto un tío que nunca se muda, cuya dirección postal usamos todos para los trámites porque es el único que confiamos que se quedará quieto. A él le llegan nuestras facturas, pasaportes y DNI renovados, multas de tránsito; que luego reparte como un cartero en las reuniones familiares). Mis abuelos huyeron de la Alemania nazi con lo puesto. Alguna vez escuché que todos los judíos tenemos en mayor o menor medida algún tipo de estrés post-traumático por el Holocausto. En mi familia, esto se manifiesta así: somos reacios a la permanencia en un lugar; la única residencia permanente que conocemos es el cambio mismo. Somos nómades como gitanos, no terminamos de sentirnos dueños de ninguna propiedad ni hijos de ninguna parte porque llevamos la marca de saber lo efímeras y relativas que son la posesión de un bien y la pertenencia a una nación, barrio o ciudad. Por lo tanto, nada es nuestro ni nosotros somos de ningún lado. Mi abuela, cuando le cuento que estoy buscando departamento nuevo, siempre me dice lo mismo, “que tenga vías rápidas de acceso.” Cualquier persona pensaría que se refiere a que sea fácil y rápido llegar de allí al centro pero no, se refiere exactamente a lo opuesto: que esté ubicado cerca de avenidas o rutas con las que se pueda salir rápido de Buenos Aires. O sea, más que vías rápidas de acceso, serían en realidad vías rápidas de escape.

Cuando era más chica, mis sueños de vivir en otro lado cubrían distancias más largas: China, Nepal, Israel, Suecia, Japón, Estados Unidos. Quería vivir en cualquier país menos en este. Después crecí, viví en otros lados y descubrí que extrañaba demasiado hablar en castellano, que no quería vivir mi vida lejos de personas a las que podía comunicar mis sentimientos en mi lengua materna. Me imaginaba esa vida como una de soledad y asilamiento extremos. Y a diferencia de mis abuelos, no sufro persecución en mi patria, por lo que de momento (porque por ADN familiar, la decisión nunca es definitiva), me quedo. Achiqué mis horizontes pero la sensación prevalece: me falta algo y siempre quiero estar en otro lado. Por eso busco departamento. Aunque en realidad no estoy buscando un departamento a donde ir a vivir, sino encontrar el departamento a donde yo ya vivo. ¿A dónde vivo yo? ¿Vivo en mis amigos? ¿Vivo en mis actividades cotidianas? ¿Vivo en mi mamá y mi papá? ¿Vivo en mis abuelos? ¿En mis ancestros? ¿Vivo en mis hermanos? ¿Vivo en mis recuerdos de infancia? ¿Vivo en mis antiguos amores? ¿Vivo en mi futuro? Vivo en un punto imposible de localizar en Google Maps no obstante absolutamente real: la intersección entre todo esto. Así que envío un mensaje a las inmobiliarias de Buenos Aires: si encuentran un departamento que tenga luz, sea silencioso, y me encuentren a mí viviendo allí, por favor que me avisen. De lo contrario tengo miedo de mudarme para luego, como dicen los paraguayos, descubrir que “no me hallo”. Por lo tanto necesito saber con certeza que voy a estar yo en el lugar a donde me mude antes de proseguir de hecho con la mudanza. Pero además necesito: que sea un lugar que me traiga buena suerte y que, por si no me la trajese, tenga vías rápidas de acceso (al exterior).

Delfina Korn

2 COMENTARIOS

  1. Muy hermoso…posiblemente te encuentres en un hijo/a ,es una forma de anclaje…al menos temporaria

  2. Gracias! Acabo de comprender, lo que me está sucediendo con mi búsqueda de Deptos ¡relató impecable

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