Los alumnos de tres escuelas rurales eligieron que su viaje de estudios fuera al Museo del Holocausto

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Una gigantografía del horror los recibe. Cuando los chicos entran al Museo del Holocausto los golpea la inmensa imagen de uno de los campos de concentración más emblemáticos de la invasión nazi a Europa: «El camino a Auschwitz se construyó con el odio y se pavimentó con la indiferencia», dice la frase de Ian Kershaw que acompaña la foto.

Con esa introducción, Guido Feld, el guía que va a acompañar a estos alumnos cordobeses en el recorrido, empieza con las preguntas: «¿Qué quiere decir con indiferencia? ¿Por qué apunta para ese lado la frase?».

«Quiere decir que los nazis se aprovecharon porque la gente no se involucró en parar esa locura», responde una de las chicas, con tono tímido, en el medio del grupo.

«Se llevaban gente en trenes y nadie hacía nada», dice otro.

«Claro, y así comienzo lo que ahora vamos a ver, uno de los capítulos más oscuros en la historia de la humanidad», sigue el guía que los invita a pasar al próximo módulo.

Un aula para todos

Para llegar hasta el barrio de Belgrano, donde se ubica el Museo del Holocausto, estos chicos que viven en plena pampa cordobesa viajaron nueve horas. Los estudiantes pertenecen a tres colegios de localidades aisladas: las escuelas 305 en el paraje Las Heras, la 328 en Quebracho -entre Río Segundo y Río Primero- cuentan con 13 y 19 alumnos cada una: la 341, la más urbana de los tres, está en Manfredi, un pequeño pueblo donde habitan cerca de mil personas.

La delegación viajó el domingo por la noche. Para muchos fue su primera vez en Buenos Aires. El lunes se levantaron para salir a pasear por la ciudad: fueron a La Boca, llegaron hasta la Casa Rosada -donde presenciaron el cambio de guardia- y visitaron la Catedral de Buenos Aires. «También fue la posibilidad de andar en subte por primera vez en su vida», cuenta emocionada Inés Peñalba, una de las profesoras a cargo de la excursión.

Un día en las aulas de estos chicos puede ser muy diferente a lo que vemos en las Secundarias de la Ciudad. Por un lado, utilizan la modalidad de pluricurso, donde toda la escuela comparte el mismo espacio, el mismo profesor. Además, las condiciones por las que deben atravesar para llegar a tomar clases o a darlas, en el caso de los profesores, no son fáciles.

Los que tienen más suerte lo hacen en una camioneta, aunque una buena tormenta también los deja sin acceso a las aulas: «Cuando llueve se hace imposible acceder a las escuelas porque el barro hace que los caminos sean intransitables. Pero como no podemos perder clases, recuperamos vía Whatsapp», comenta Florián Salcedo, otro de los docentes que llegó con el grupo.

Florián es un maestro rural de alma y todos los martes recorre un radio de 300 kilómetros para llegar a dar clases en cuatro escuelas diferentes en parajes aislados: «El que elige la escuela rural lo hace porque lo siente. El que lo hace por necesidad dura poco. Uno disfruta del contacto de los chicos y, en muchos casos, sos su profesor durante los seis años de curso. En la educación rural lo fundamental es la parte humana y eso es lo que más me gusta», cuenta el hombre que impulsó el viaje al Museo del Holocausto.

«Estamos trabajando en clases las problemáticas de la Shoá, en el marco de la materia de Ciencias Sociales, Matemática y Economía Política; también como jornada en una materia interdisciplinaria que tienen las escuelas rurales bajo el título de Ciudadanía y Participación», cuenta Florián.

«¿Cómo surgió la idea de venir? Desde chico me interesó la Segunda Guerra Mundial y con el tiempo el Holocausto. Yo seguí la licenciatura en Relaciones Internacionales para profundizar sobre el tema. Después empecé a trabajar con la DAIA y uno no se puede sacar de encima lo que lleva dentro», explica el profesor.

«¿Cómo reaccionaron los chicos? ‘Nos impactó porque no conocíamos la historia’, me decían y pedían más. Era algo muy distante para ellos. Pero todos los años estudiamos y, cuando hicimos el contacto para venir, se prendieron casi todos».

«Nos enorgullece saber que muchos de los chicos están realizando este viaje por primera vez y que esta experiencia les sirve para conectarse con la historia, pero también para aprender sobre derechos humanos y la convivencia en la diferencia», dice Marcelo Mindlin, presidente del Museo del Holocausto de Buenos Aires.

Imágenes del horror

La visita guiada continúa en el sector Justos de las Naciones, una reivindicación a todos aquellos que no fueron indiferentes a la persecución del nazismo contra los judíos.

«¿Quiénes creen que fueron los justos?», pregunta Guido. Y Paula Marchisio (16), una de las alumnas que leyó el Diario de Ana Frank, señala a Hermine «Miep» Santrouschitz y Jan Gies, los miembros de la resistencia de los Países Bajos que ahora aparecen en una de las pantallas interactivas de la muestra. «Pensar que era una chica como nosotros te da una dimensión de la locura de los nazis», reflexiona Paula.

Los alumnos cuentan que la inquietud de Florián por los Derechos Humanos caló tan hondo que antes de venir al Museo del Holocausto visitaron La Perla, uno de los centros de detención clandestina que hubo en la ciudad de Córdoba. Los chicos quedaron impactados: «Estaban los nombres de los desaparecidos en las paredes», recuerda Rocío Meléndez (14) que cursa tercer año en Las Heras. «Se te ponía la piel de gallina. Eso también nos motivó para hacer este viaje», dice Paula Marchisio que todos los días recorre 40 kilómetros para llegar a Las Heras.

Ahora, infografías, mapas y fotos van dejando claro el ascenso nazi por toda Europa. Campos de concentración, documentos donde se muestra el número de judíos que pretendían exterminar (apuntaban a 11 millones) y fotos tamaño natural donde un grupo de militares apunta a una fila de prisioneros que acaban de cavar su propia fosa: se trata de la Operación Barbarroja, en Rusia, durante 1941.

El horror está a la vista sin la necesidad de exponer la muerte de forma directa: «No queremos alimentar el morbo y cuidamos mucho no hacer una apología del nazismo. De esa forma logramos que sea una muestra para todo público», explican los guías.

Las referencias directas a Adolf Hitler aparecen apenas en una vitrina encastrada en una columna. Allí se ven algunos símbolos nazis: My Kampf (Mi lucha), el libro escrito por el propio por jerarca nazi, el escudo del Partido Nacional Socializata Obrero Alemán con la esvástica y un pequeño ratón con la Estrella de David en su lomo.

«¿Qué les sugiere este ratón?», los hace pensar Guido otra vez. «Quiere decir que para Hitler el judío era un ratón», dice el más chico de los alumnos que tiene 13 años. «Para Hitler, los Judíos no eran sólo un parásito, eran un peligro. Por eso lo deshumaniza y les enseña a los chicos a no tener empatía», refuerza el guía.

Después de más de una hora y media de repasar la historia, la muestra llega al final. Juliana Ramos, una de las más tímidas del grupo, acepta que valió la pena todo el esfuerzo que hizo para que se hiciera el viaje: «Vendió 27 combos de pastas, pascualinas, ravioles y tapas de empandas. Con lo que se movió pudo pagar su viaje y el de tres compañeros más», revela Florián.

Antes de despedirse, Guido les dice a los chicos que se paren frente a un espejo que tiene una frase de Primo Levi, uno de los sobrevivientes del Holocausto: «Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo, las nuestras también. Por ello, meditar sobre lo que pasó, es deber de todos».

Los chicos se reflejan en el espejo mientras leen y dejan el lugar en silencio.

Infobae

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