En negro. Por Pilar Rahola

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¿Cuántas veces pueden morir las víctimas?. Es evidente que mueren en el instante del asesinato.  Pero esa no es la única muerte que sufrirán si el olvido las cubre y la justicia las abandona. La tragedia de las víctimas, sobre todo si se trata de dictaduras atroces que quedan impunes, o de atentados masivos que nunca pasarán por la justicia, se multiplica tanto como el dolor de sus familiares. Porque no solo murieron en ese instante, sino que la impunidad de los verdugos las vuelve a matar cada día.

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La conciencia de esa doble muerte, alargada en el tiempo, es la que ha movido a familiares y organizaciones judías argentinas a recordar, año tras año, el atentado que sufrió la Asociación Mutual Amia y a no cejar en la búsqueda de la justicia.

El 18 de julio de 1994, a las 9.53 h de la mañana, un coche bomba asesinó a 85 personas y dejó a 300 heridas. Desde aquel día no ha habido forma de juzgar a los asesinos.

El relato de estos 26 años es una mancha oscura que se cierne sobre los políticos y jueces argentinos. Incapaces de arrestar y juzgar a ni un solo sospechoso de la masacre.

Por el camino, el fiscal de la causa, Alberto Nisman, fue asesinado. El juez que llevó la causa original ingresó en prisión por graves delitos. El aparato de inteligencia durante el atentado fue acusado de encubrirlo, y dos presidentes fueron acusados de proteger a los verdugos: Carlos Menem, acusado de desviar la investigación para impedir que se siguiera “la pista siria”, y que fue absuelto en un escandaloso juicio que se limitó a la pista interna y cuyos acusados habían sido falsamente imputados; y Cristina Fernández de Kirchner, acusada de “encubrimiento” y responsable del vergonzoso memorando con Irán, que representaba la absoluta impunidad de los verdugos.

Una espesa trama corrupta protege a los verdugos del atentado de Amia

Si sumamos el atentado de la embajada, dos años antes (con 22 víctimas y 242 heridos), que también ha sufrido una total impunidad, y añadimos que está demostrada la autoría de ambos atentados por parte de Hezbollah, dirigidos desde Irán, es evidente que una espesa trama corrupta, perfectamente insertada en las entrañas del poder argentino, ha impedido reiteradamente que se hiciera justicia. Solo faltaba el asesinato del fiscal, días antes de mostrar las pruebas contra la presidenta Kirchner. Cinco años después de su muerte, tampoco se ha detenido a nadie. Es decir, Argentina ha sido incapaz de elevarse por encima de la podredumbre que protege y esconde a unos asesinos, con nombres y apellidos, que mataron a decenas de personas. Cada día que pasa, la vergüenza es mayor y la miseria es más profunda.


Pilar Rahola. Periodista- Escritora

Fuente: La Vanguardia

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