¡Otra vez!, exclamación de una madre ante el peligro de los hijos. Por Marta Wolff

Anita Weinstein- especial- Día de La Madre
Anita Weinstein- especial- Día de La Madre

Especial, Día de La Madre

¡Otra vez! Es la frase que repiten los padres que han sufrido cuando comprueban que sus hijos también padecen discriminaciones, guerras, injusticias sociales, torturas, campos de concentración y mucho más. Padres que quedan huérfanos de sus hijos por ideologías, por conquistas y cambios de fronteras, por odios ancestrales y nuevos, por dominar o matar al enemigo, por imponer el hambre como arma, la religión como si fueran dioses y la política para sumar adictos a regímenes sometiendo, castigando y matando y asesinando a los hijos del amor y condenándolos a perder a sus hijos al servicio de la locura, vieja historia de siempre.

Pero, cuando le hice el reportaje a Anita Weinstein para mi nuevo “Todos Juntos se escribe separado”, en su relato sobre el Atentado de AMIA, hubo una confesión conmovedora que expresa lo que una madre es capaz de hacer por salvar a un hijo. Pero, sin embargo la rueda de la destrucción humana está al servicio de la demostración que la vida de los hijos ajenos no vale nada.

Esto va en recuerdo al millón y medio de niños judíos asesinados por los nazis que les quitaron de sus brazos a las madres en la Shoá, para exterminar a ambos, para terminar con la continuidad judía. Y va también para todas las madres e hijos del mundo que actualmente por la vigencia de la guerra y el terrorismo, sectas, tendencias religiosas y políticas nunca más podrán volver a ser ni madres ni hijos.

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“El haberme invitado a hablar como sobreviviente del Atentado a la AMIA no es fácil, pero hablar es para mí necesario, un compromiso y una herencia. Lo hago con convicción.

Ese día el darme cuenta que había explotado todo no fue instantáneo. El hecho fue que hubo un estruendo, el edificio se movió, cayeron pedazos del techo, pudimos salir del piso cerrado en el fondo del edificio.

Cuando estábamos al aire libre miramos hacia atrás, escuchamos gritos sin tener idea de que había sido una bomba. Empezamos a saber algo cuando pudimos salir, darnos vuelta y oír un lamento que se repetía, “Otra vez una bomba”, “Otra vez una bomba”, y fue sumar lo que había pasado en la Embajada a nuestra historia como judíos.

Es difícil de poner en palabras la secuencia de lo que pasaba, percibía y concientizaba. Yo veía y escuchaba. Yo estaba en el lugar pero no estaba. Mi cabeza no podía ubicarse en el momento y la dimensión de esa tragedia. Con el tiempo el cuerpo y el alma recién lo tuvieron.

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La frase “Otra vez” para mí significaba “Otra vez”. Esa frase estaba ligada a lo que mi mamá me dijo apenas me vio cuando me salvé: “Nunca imaginé que a una hija mía la tuviesen que llamar sobreviviente”. Esa frase contenía lo que ella había vivido y pensado después de la Shoá, de que el mundo hubiese entendido su significado.

A ella se le había agregado el sufrimiento por la pérdida de su hermanita, cuando los nazis fueron en una primera razzia y se la llevaron de su pueblo. Después la muerte de mi abuela, asesinada en Sobibor, Polonia. “Otra vez”. La palabra sobreviviente tiene mucho peso en mi historia personal. Esos relatos fueron un mensaje para mí. Me propuse trabajar, concientizar y armar con palabras que ese “Otra vez” no sea un

“Otra vez”.

Cuando fue el atentado, yo trabajaba en la AMIA, mi compromiso fue desde el principio dar entrevistas porque era importante contar lo que había pasado. Más allá de los primeros momentos, en los que no podía respirar por el polvo y estar entre escombros y gritos, hay algo quedó, que es la contracara de la muerte y de lo que sucedía a mí alrededor. Fue cuando pudimos salir por el edificio de al lado a un techo. Allí una joven estaba amamantando a su beba. Esa imagen era de vida en medio de la destrucción. La estaba protegiendo. Imposible de olvidar esa escena.

La verdad es que no supe quién era. Siempre pensé en ella. Hace poco me hicieron una entrevista por televisión. Una mujer de la provincia de Tucumán estaba viendo la entrevista y le dijo a su amiga que le parecía que estaba hablando de ella. Ese recuerdo se corporizó. Al día siguiente vino a la AMIA y me dijo que era la mujer de aquel día, que se llamaba Laura. Fueron emociones y abrazos como queriendo retener ese reencuentro. Había venido a verme y a tramitar la lápida para su madre fallecida porque vivía en Israel. Fue algo milagroso. Nació una amistad que sigue hasta hoy y también con su hija, por WhatsApp, cargados de corazones.

Ese fue un ejemplo más de lo que nos debe atar a la vida. Otro ejemplo es la solidaridad, ayudar al otro, cercano o no, conocido o no. Eso lo heredé de mi mamá, que sobrevivió con su hermano escondido en el granero de un polaco católico, que los protegió por años. Después de la guerra volvió a su pueblo Wlodava, cerca de la frontera con Rusia. Mi madre confesó que tuvo suerte porque su familia había sido muy querida. Todavía había gente buena como el polaco del granero, que le devolvió su cama y su iberbet (acolchado de plumas de ganso que pasaba de generación en generación).

Al regresar, como había terminado su colegio secundario, sabía leer y escribir polaco y algo de alemán. Comenzó con la ardua tarea de responder las cartas que llegaban para encontrar sobrevivientes y conectarlos con sus familiares. Las listas con los nombres fue una misión internacional por iniciativa del Joint.

El haber estado enferma no le impidió colaborar, abrir las cartas, leer los nombres y volver a reunir a los que regresaron con vida. Ese espíritu de mi madre me marcó para siempre. Hacer algo por el otro, fue el reconocimiento a los salvadores en el “Sendero de los Justos”, en Jerusalén, como lo fue el socio de mi padre. Fueron héroes que no pidieron nada al esconder a los judíos, poniendo a sus familias en peligro. Por esas listas un primo supo de mi mamá.

La mandó a llamar a Bolivia adonde había emigrado. Gracias a ese primo emigraron a Bolivia que otorgaba visas. De ahí vinieron a la Argentina como destino final. Al terminar el colegio secundario quise ir a estudiar a Israel. No fue por casualidad. Mis padres, al finalizar la guerra en 1945, su real deseo fue emigrar a la idishe medine, como se decía en idish a la tierra judía, para reencontrarse con parientes que pudieron escapar de Polonia. Ni bien llegué a Israel me enamoré del país y me quedé a estudiar. Cuando vine a visitar a mi familia, a la Argentina, ya estaba recibida y conocí a quien iba a ser mi marido.

Volviendo al relato de mi madre, quiero contar, que se involucraba con la comunidad donde estuviera. Eso también fue un mensaje de vida que me acompañó. Esa fue la razón por la cual estudié Sociología y Ciencias Políticas, por eso me atrajo ayudar a otras personas en sociedades, en grupos, enseñar para erradicar el odio y trabajar con lo relacionado con la convivencia y la interrelación de las distintas comunidades, culturas y religiones, las

discriminaciones y el odio. Paralelamente a esto me llamaron para trabajar en el “Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino Marc Turkow” de AMIA. Con mi trabajo tuve la necesidad de mostrar, insertar, enseñar la historia y la presencia de una comunidad, como fue la inmigración judía en el contexto de esta sociedad, donde nuestra inmigración se fue integrando y adquirió valor como así las otras inmigraciones en Argentina.

Me pareció que esa era la manera de erradicar el antisemitismo y otros prejuicios arraigados. Mi tarea fue la de analizar, compartir y comparar la prioridad en la educación. Es lo que he estado haciendo a lo largo de estos treinta años.

El “Centro de Documentación sobre Judaísmo Argentino” había sido creado por Beatriz Senkman y un grupo de intelectuales que me invitaron a participar. Luego ellos hicieron aliá, ir a vivir a Israel, y yo quedé a cargo del mismo.

Sufrí el atentado, soy una sobreviviente e hija de sobrevivientes, mi trabajo es luchar desde mi conocimiento contra el antisemitismo, xenofobia y odio.

En el atentado perdí a Mirta Strier, con quien hacía minutos habíamos entrado juntas a la AMIA. Ella quedó en una oficina de adelante, yo fui a buscar algo atrás, eso hizo la diferencia. En mi inconsciencia consiente, cuando estalló la bomba, quise ir a buscarla, me detuvieron y dijeron “No sigas porque no hay más piso”. Fue una víctima muy dolorosa para mí como los otros compañeros de trabajo y la gente de la cuadra con al que compar- tíamos lo cotidiano y servicios.

Ese día yo estuve de casualidad porque tenía dos roles: era la directora del “Centro Mark Turkow” y coordinadora de la ce- lebración del “Centenario de AMIA”. Confieso que no volví a entrar al edificio por cuatro años, los que duraron su reconstrucción. No me animaba a pisar ese piso, hasta que cerca de la pre inauguración, junto al querido escritor y poeta Elihau Toker Z”l, propusimos hacer una exposición de bienvenida, para explicar qué era AMIA.

Queríamos que se supiese qué es lo que se hacía, porqué estaba la gente allí, qué ayuda social daba a los necesitados, que había gente en la sección sepelios, una sección para los que iban en busca de empleo, etc. Había que difundir su productividad social y sus 100 años de existencia. Fue de la mano de Elihau que pude volver a entrar a la reconstruida AMIA.

Nos propusimos que había que concientizar a la gente. Había mucha ignorancia sobre qué era AMIA. En la democracia había que luchar contra el antisemitismo y contra el terrorismo. A los judíos por ser judíos, durante el Proceso, los torturaban el doble. Los trataban de terroristas. Tu-vimos que trabajar para que la sociedad argentina entendiera que nuestras instituciones eran tan legítimas como las de otras comunidades, que la dis-criminación en general se hereda de padres a hijos, de líderes a fieles y de políticos a sus seguidores.

Cuando me encuentro con jóvenes de escuelas secundarias o universitarios, les pregunto si saben qué fue el Holocausto y me responden. “Si, fue la matanza…” y es cuando trato desde mi lugar de lo que tienen incorporado por lo recibido. Y les cuento que, en cambiarles Alemania, cuando una nena quiso ir a jugar con su amiguita, y la madre se lo negó porque era judía, es ahí donde empezó la Shoá. Todos tenemos la obligación de luchar contra el bullyng, la violencia, el odio y la discriminación al otro.

Siento que es mi obligación de enseñar y transmitir que está reapareciendo el antisemitismo con los mismos slogans de hace setenta años. Hay que seguir enseñando todo esto, a pesar de todo. La discriminación en el peor de los caminos. El odio es inherente al ser humano, pero al ser racional, debe ser el giro hacia la aceptación al distinto, al diferente. «

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