El odio. Por Pilar Rahola

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Reconozco que la imagen de una joven de dieciocho años con el alma destruida por el odio, y el cerebro carcomido por la peor ideología de la historia, me deja derrotada. Es una desolación profunda, un desgarro de la humanidad, una segunda muerte de las víctimas.

Y entonces me pregunto ¿cuántos millones más de personas deberían haber asesinado los nazis para que nunca más, nunca más, sedujeran a una sola persona? ¿Cuántas? ¿Un millón, tres, cuatro millones más? ¿Seis millones de judíos, dos terceras partes de la población judía europea masacrada, no fueron suficientes para frenar el odio antisemita?

Y las decenas de millones de muertos que provocó el nazismo ¿no fueron suficientes para rechazar para siempre esa ideología depravada? ¿De dónde sale la fascinación por el mal, de qué pozo siniestro surge ese odio tan puro?

Y, sobre todo, ¿cuántos responsables alimentan el repugnante huevo de la serpiente? Porque esa es la pregunta, ese es el dedo que señala la culpa. Detrás de una joven que escupe su odio a los judíos y glorifica a un asesino de masas, hay muchos culpables, silenciosos, agazapados, revestidos de sensatez.

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Y no me refiero a los culpables directos, los desechos de nuevo cuño que mantienen viva la llama del nazismo, sino al cuadro anterior, allí donde habitan los que banalizan y normalizan la idea de que pueda haber gente que ame y promocione el nazismo.

Las estelares entrevistas a la joven nazi son la banalización del mal

El caso de la manifestación de Madrid es, en este sentido, emblemático porque todo empieza antes de oír las barbaridades de la joven nazi, y sigue después de haberlas proferido. Primero, se permitió una manifestación en favor de los fascistas que fueron a defender a Hitler en el frente soviético, en una glorificación pública del Tercer Reich. Ello ya debería ser abominable en cualquier país europeo decente, pero en España nunca se puso veda ni al fascismo ni al nazismo. Y, a partir de ahí, lo que ha ocurrido después es tan irresponsable como cómplice: Twitter no cierra la cuenta de la joven nazi hasta cinco días después; periódicos y portales importantes como El Mundo o El Español la entrevistan y la convierten en una estrella; y, por supuesto, nadie la detiene. Me pregunto qué carajo tiene que explicar una imbécil que vomita odio contra los judíos y admira a Hitler. Y encima, con titulares estelares y fotos de modelo. Solo le falta ir a vomitar a algún reality para consagrarla.

Ahí está el huevo de la serpiente, en ese interés periodístico por la pura maldad. Ella es una pobre tipa con mierda en el cerebro. Ellos son cóm­plices de banalizar y normalizar su mierda.

Pilar Rahola- Periodista-Escritora

La Vanguardia

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