Yehuda Halevi: el primer poeta sionista. Por Jorge Rozemblum

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Yehuda Halevi fue un poeta hispano hebreo, nacido en torno al año 1075 en la ciudad navarra de Tudela, la misma que poco después vería crecer al sabio Abraham Ibn Ezra y al viajero Benjamín, y fallecido supuestamente en 1140.

Sin embargo, durante mucho tiempo se malinterpretó su origen, atribuyéndoselo a Toledo (aunque, al parecer, sí residió allí algunos años después de pasar por la corte de los Banu Hud de Zaragoza y por Andalucía, antes de afincarse en Córdoba), por lo que fue conocido con el apodo “El Castellano”.

El escritor granadino Moshé Ibn Ezra le invitó a su ciudad, y, a su lado perfeccionó su dominio de la palabra. Dejándose influir en cierta medida por la poesía árabe, y trabó con su padrino una fuerte amistad que se truncó con su muerte. Dedicándole una larga y conocida elegía. El avance de los fundamentalistas almorávides, le llevó a huir. Desandar parte del camino y añadir a su éxodo las localidades de Guadix, Lucena y Sevilla. Aunque se desconocen las fechas e itinerarios exactos.

En algún momento de su vida llegó a ejercer la medicina, aunque su vocación siempre fue la poesía, que practicó de forma prolífica y precoz.

En su juventud, los temas favoritos fueron hedonísticos: el amor y el vino, la naturaleza y los amigos.

Aunque siempre apoyándose en referencias bíblicas.

A Yehudá Haleví se deben incluso los primeros versos conocidos escritos en lengua castellana, dedicados también a un amigo. Se trata de una jarcha, el final o estribillo del poema que se repetía después de cada estrofa.

Con la madurez será testigo del deterioro del trato hacia los judíos, que refleja en sus palabras con tonos graves y preferencia por temas morales, religiosos o filosóficos.

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Coincide su vida con las conquistas de los cruzados en Tierra Santa que no traen tampoco alegrías por ese lado a sus correligionarios, que acaso quisieron ver el espíritu mesiánico de un retorno a Sion, la primera semilla de una nostalgia, utópica durante siglos.

Tampoco la situación dentro de las propias comunidades judías era acogedora, con las tensiones con la secta caraíta (defensores de una lectura literal de la Biblia, sin aceptar muchas interpretaciones talmúdicas) y la presión asimilacionista.

El horizonte de dudas se plasmó entonces en su obra en árabe, El cuzarí. Propone un diálogo imaginario con el rey del pueblo europeo oriental de los jázaros que se convierte al judaísmo. Por no estar espiritualmente satisfecho en el ambiente de paganismo en que vivía y tras instruirse sucesivamente en las religiones cristiana y musulmana.

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Unos treinta años más tarde de su publicación, dicho libro fue traducido al hebreo por Yehudá ben Tibbón. Por segunda vez, no mucho más tarde, por Isaac Cardenal, lo que demuestra la gran influencia que tuvo en el mundo judío. Exponiendo una filosofía que es la que domina la poesía de Halevi en su época de madurez, primando la intuición y la emoción del éxtasis por encima de cualquier sistema filosófico. Creía en un renacer del judaísmo desde dentro, a través de una adhesión emocional a la conciencia nacional, lo que le lleva a emprender un viaje a Tierra Santa, época de la que datan sus más conocidas y sentidas siónidas, poesías religiosas que se cantan todavía en determinadas fechas de la liturgia sinagogal.

El viaje fue largo y penoso, con momentos de verdadero peligro, como relata en sus poemas del mar, pero que supera gracias a su anhelo por llegar a pisar Jerusalén, ciudad que es muy probable que nunca llegara a hollar. En este camino pasó por Alejandría, Damieta (en la orilla oriental del Nilo, río al que dedicó un poema) y Fustat (la actual El Cairo). Al parecer no llegó, pero sí su mensaje durante siglos y a millones de sus correligionarios que han reivindicado su legado.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

www.radiosefarad.com

 

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