Jaén: apogeo y decadencia de la aljama judía. Por Jorge Rozemblum

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Ya en fecha tan temprana, anterior en casi un siglo a la invasión musulmana de la Península Ibérica, data del año 612, cuando el rey visigodo (uno de los pueblos “bárbaros” que conquistaron territorios del antiguo imperio romano, Sidebuto, prohibió por ley que los judíos de Jaén tuviesen esclavos cristianos, lo que indica a las claras que ya entonces existía una comunidad judía importante, seguramente establecida ya en época romana.

No es de extrañar, por ello, que los judíos recibiesen de forma positiva la dominación musulmana, que en Jaén como en otras aljamas supuso el inicio de un periodo de prosperidad. A partir de entonces la situación mejoró y en el siglo IX se sabe que había una sinagoga y una yeshivá. También se cree que uno de los cuatro baños públicos que tenía la ciudad a finales del mismo siglo y descritos por el geógrafo árabe Abd al-Nūr Al-Himyari, era propiedad de judíos o destinado a judíos, ya que se llamaba Hammam Ibn Ishaq, el Baño de Ben Isaac.

El siglo X debió de suponer una época de bonanza en la aljama jienense. De hecho en esa época nace en la ciudad un personaje tan importante como Hasday ibn Shaprut. Era médico, ministro de finanzas del califato, diplomático, mecenas y uno de los hombres de confianza de los califas Abderramán III y Al-Hakem II. De él hemos hablado en otra ocasión ya que fue nombrado nasí, es decir, jefe de todas las comunidades judías dentro del califato.

El siglo siguiente trajo penurias a los judíos de la zona con la disgregación del califato de Córdoba, cuando la ciudad pasa a formar parte del reino zirí de Granada.

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Así, en 1066 los sefardíes jienenses sufren un primer episodio dramático cuando el gobernador de la ciudad permite al hijo del rey saquear la judería. Sólo unos años más tarde, en 1090, la llegada de los almorávides acaba con la tolerancia religiosa anterior. Obliga a una parte importante de los judíos en Al Andalus a buscar refugio en los reinos cristianos del norte.

Posteriormente, ya a mediados del siglo XII una segunda invasión aún más radical, la de los almohades, arrasa y vacía lo que quedaba de todas las juderías andaluzas.

Esto fue también lo que ocurrió en la de Jaén, que sólo vuelve a existir con la reconquista cristiana de la ciudad, en 1246, llevada a cabo por Fernando III, un rey que mostró gran tolerancia a los judíos. Se cree que, al regresar a la ciudad, los judíos ocuparon la misma judería en la que habían residido antes de la conquista almohade.

No es seguro, pero de lo que sí se tiene constancia es que la judería cobró prosperidad con rapidez, y que llegó a contar con todos los elementos propios de una comunidad judía, incluidos tribunales, y un cierto nivel de autonomía. Los ocupantes de la aljama destacaron como médicos, artesanos, mercaderes, prestamistas y también se dedicaban a recaudar las rentas reales. La prueba de esta buena salud económica es que en 1290 se pagaron 25.000 maravedíes en diezmos a la iglesia, una cantidad similar a la pagada por la judería de Córdoba.

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Sin embargo, ya en el siglo XIV la convivencia va deteriorándose y empezamos a asistir a episodios difíciles. Por ejemplo lo ocurrido en 1368 en el marco de la guerra entre Enrique II y Pedro I, aprovechada por las tropas nazaríes de Granada -aliados de este último- para entrar en la ciudad y hacer prisioneros a 300 padres de familia judíos.

A partir de esa época se inician las predicaciones antijudías de Ferrán Martínez, que desembocan en los ataques de 1391. También tuvieron lugar en Jaén, donde se producen asesinatos, conversiones forzosas y la sinagoga acaba convertida en la iglesia de la Santa Cruz.

Durante el siglo siguiente las persecuciones no se dirigieron ya sólo contra los judíos, la mayoría de los cuales había sido asesinados, forzados a la conversión o habían huido a otras zonas del reino, sino también contra los conversos, que sufrieron otro episodio de violencia en 1473, tras el asesinato del condestable Iranzo, que era gobernador de la ciudad y protegía a los sefardíes.

En 1483 Jaén es la tercera ciudad en la que se establece la Inquisición, lo que nos da una idea de que había muchos conversos. En 1492 la judería deja de existir tras el decreto de expulsión.

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La antigua judería de Jaén se encontraba entre lo que hoy son las calles Martínez Molina y Huertas del casco viejo de la ciudad. Un entramado de pequeñas callejuelas estrechas con todo el encanto de un barrio medieval. De hecho, mantienen el trazado de lo que fue la aljama. En el interior de la zona encontramos algunos puntos interesantes, como el Monasterio de Santa Clara. Es ahí donde estaba la sinagoga que luego fue iglesia de la Santa Cruz, de la que aún se conserva un muro como único vestigio.

También encontramos otro peculiar templo: la Santa Capilla de San Andrés. Tiene un estilo arquitectónico y una estructura que nos remiten a un probable uso anterior como sinagoga, aunque esto aún sea objeto de debate entre los expertos. En cualquier caso, se trata de una pequeña joya que con sus bellísimos arcos recuerda a antiguas sinagogas como Santa María la Blanca, en Toledo.

En uno de los extremos del barrio, junto a los restos de lo que era Puerta de Baeza de las murallas -la que daba entrada a la judería- una gran menorá rinde homenaje «a las familias españolas de la diáspora sefardí». El viajero curioso debe visitar también los baños árabes, restaurados a finales del siglo pasado. Probablemente muy similares a aquellos baños de Ben Isaac de los que hemos hablado. Por último, no puede dejar de visitar el friso gótico que recorre el muro este de la catedral de Jaén. Es ahí donde está la popular estatua de La Mona. Más allá de esta enigmática figura según los especialistas es todo un discurso iconográfico para atacar al pueblo judío y prevenir a cristianos y conversos de judaizar.

Jorge Rozemblum

Director de Radio Sefarad

www.radiosefarad.com

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