La impunidad jubilada. Por Rabino Marcelo Polakoff

No podía creerlo. Verifiqué con los dedos –como un niño– para tantear si estaba en lo cierto. Y así era: este martes se cumplen exactamente siete años de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Increíble.

De golpe, otros números me empezaron a acechar a modo de cifras fantasmagóricas: si eran siete por Nisman, ya serían entonces 28 los de la Amia y 30 los de la Embajada de Israel.

Era tal mi trastornada sorpresa que, sin advertirlo, mi abarrotada mente –tal vez como un mero ejercicio de matemática básica estimulado tan sólo por el deseo de escapar por unos pocos segundos de tanto espanto– hizo la consiguiente suma de dichos años. Me dio como resultado, obviamente, 65. El número de los años de la impunidad.

Y casi sin poder frenar ese atrevido músculo de la asociación libre, que a toda hora todo lo tiñe, se me apareció como un nuevo personaje de esta desventurada tragedia la edad de la jubilación. 65 ya no era solamente la cifra de la impunidad. Ese número maldito de repente cobraba una nueva identidad. Se trataba ahora de una impunidad jubilada. Una impunidad que podía retirarse calma y tranquila a reposar, a distenderse, después de tantos años de esfuerzos y de éxitos cabalmente acumulados.

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A siete años de la muerte del fiscal Alberto Nisman

“¿Nu?”, diría alguna bobe o zeide atiborrado del idioma idish. La traducción literal de esa pequeña palabrita es “y”. Pero en tono de pregunta, y con el tradicional dejo de exageración con el que suele acompañarse el vocablo, perfectamente podría traducirse así: “¿Y qué hacemos entonces con todo esto?”. La verdad es que no lo sé. Pero, más allá de condolernos y de seguir buscando justicia, es probable que valga la pena recordar un párrafo épico del quinto capítulo del profeta Isaías, una de las voces más autorizadas de la Biblia Hebrea desde hace casi 2.800 veranos.

¡Ay de los que llaman a lo malo bueno

y a lo bueno malo,

que tienen las tinieblas por luz

y la luz por tinieblas,

que tienen lo amargo por dulce

y lo dulce por amargo!

¡Ay de los que se consideran sabios,

de los que se creen inteligentes…

de los que por soborno absuelven al culpable,

y le niegan sus derechos al indefenso!

La impunidad podrá jubilarse, pero nunca será anónima.

A quien le quepa el sayo, que se lo ponga

Por Rabino Marcelo Polakoff

Vía La Voz del Interior

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