Para finales de 1943 Europa no estaba en su mejor momento. La Segunda Guerra mundial era una realidad en prácticamente todo el continente, y el tiempo de ocio y fiesta de sus habitantes era sólo un recuerdo. Todo estaba tan enfocado en el conflicto, que se había obligado a cortar de raíz los grandes eventos deportivos universales. El Mundial de fútbol, los Juegos Olímpicos, e incluso uno de los los eventos más importantes de ciclismo desde principios del Siglo XX, el Tour de Francia, se habían suspendido hasta el cese de las hostilidades. Las carreteras que pocos años antes habían albergado gestas heroicas en dos ruedas, cambiaban las bicicletas por el tráfico de artillería.

Pero a diferencia de muchos de los deportistas de élite, que acabaron empuñando una bayoneta en primera linea de combate, el italiano Gino Bartali, el gran ciclista del momento, pedaleaba, aparentemente tranquilo, por los caminos que unían su Toscana natal con la vecina Umbría. El atleta evitaba las vías de mayor afluencia y se decantaba por una ruta muy concreta, la que separaba Florencia del Monasterio de Asís, repitiéndola con sorprendente frecuencia.

Un ciclista de leyenda con un secreto eterno. Imagen vía Wikimedia Commons

Era impensable que Bartali fuera llamado a filas, pues era uno de los últimos ganadores del Tour de Francia, auténtico héroe nacional y objeto de propaganda para Il Duce que, ofuscado en sus delirios supremacistas, exhibía a su estrella ciclista como un trofeo del que debía sentirse orgulloso todo el pueblo italiano. Aunque Bartali fue considerado generalmente como el deportista bandera del fascismo, lo cierto es que cuando ganó su primer Tour de Francia en 1938, el atleta rechazó la posibilidad de dedicar tan valioso triunfo a Mussolini, algo que muy pocos se atrevían a hacer. Así de grande e importante era Bartali para el mundo del deporte.

A ojos de todos, policía y ejercito incluidos, Bartali se limitaba a entrenar para mantener la forma mientras se desarrollaba el conflicto, pero la realidad era bien distinta: El ciclista formaba parte de una trama secreta que salvaría cientos de vidas.

Pedaleando en dirección a Asis

El cerebro de la operación fue el obispo Ellia Dalla Costa, que ideó un plan para ayudar al mayor número de judíos posible. Perseguidos en territorio alemán poco después del ascenso de Hitler al poder, la fobia del “fascio” con los judíos se concretó en noviembre de 1943, cuando Mussolini decretó el arresto de todos los que residían en Italia, sin importar su nacionalidad.

Un año después, el gobierno alemán se encargaría de repartirlos entre sus campos de concentración. Entonces, para lograr llevar su plan a cabo, Dalla Costa contó con un impresor de confianza que realizara documentos de identidad falsificados para las personas amenazadas, pero necesitaba alguien que los transportara, y aquí es donde entró Gino Bartali.

El periodista Franc Lluis, autor de “Gino Bartali: El hombre de hierro” (Dstoria, 2016) cuenta a VICE Sports que el ciclista se jugaba la vida en cada viaje y que “de haber sido descubierto lo habrían detenido, encarcelado y probablemente matado, a él y a su familia”. Pero la gran pregunta es, ¿por qué un deportista con la vida resuelta se arriesgó de esa manera? La hipótesis de Lluis es que Bartali “pensaba que eso era lo que tenía que hacer, y ante todo era una persona de bien”, y recuerda que fue decisivo que se lo pidiera uno de sus “más íntimos amigos”, el obispo de Florencia Elia Dalla Costa.

El ciclista realizó sus rutas semanales hasta prácticamente el final de la era Mussolini, terminada en 1945. Se calcula que sus pedaleos por los caminos de la Toscana ayudaron a salvar la vida de unos 800 judíos italianos.

El ciclista de leyenda

Nacido en Ponte A Ema, a escasos ocho kilómetros del centro de Florencia y en el seno de una familia de clase obrera, Bartali empezó su afición por el ciclismo siendo un adolescente. Tras fracasar como estudiante, su padre decidió aprovechar la incipiente obsesión del joven y sacar provecho de sus dotes como mecánico de bicicletas, pues en vez de hacer sus tareas, Gino prefería quedarse con su hermano en el garaje familiar arreglando todo lo que le pasara por delante. Poco después, un amigo de la familia lo acogió como dependiente y mecánico en su tienda de bicicletas y allí fue donde la leyenda empezó a forjarse.

Pronto comenzaría a entrenar en serio, tanto que se volvió convulsivamente meticuloso, hasta el punto de adoptar la costumbre de anotar absolutamente todo lo que hacía, desde los kilómetros que recorría, las cuestas que subía o las condiciones climatológicas, hasta lo que había comido y tomado ese día. En sólo cuatro años Bartali se convertiría en una de las mayores promesas ciclistas del país, y es que sus subidas diarias a las colinas de la Toscana empezaban a surgir efecto. Gino se había convertido en un notable escalador.

Gino Bartali cuando ya era un ídolo de masas. Imagen vía Wikimedia Common

En 1935, y con 22 años, Bartali pasó a competir en pruebas de alto nivel, siendo en un País Vasco donde se graduó a lo grande ganando la clasificación general y tres etapas más de su tradicional vuelta a pocos meses de estallar la Guerra Cívil Española. Ese mismo año lideraría el Campeonato nacional de Italia de ciclismo en ruta y daría la sorpresa en el Giro, llevándose una etapa y encabezando la clasificación de la montaña.

El joven prodigio había explotado y entre 1936 y 1942 ganó un Tour de Francia, dos Giros y varios “monumentos” como la Milán San-Remo o tres ediciones del Giro de Lombardía. La Segunda Guerra mundial truncó la carrera de Bartali en su mejor momento, con 28 años y en plena madurez deportiva.

Una vez acabado el conflicto Bartali retomó la competición. Volvió a ser el mejor, ganando su segundo Tour tras la restauración de la prueba, en 1947, y otro Giro. Pasaron diez años entre su primera y última victoria en la ronda gala, un logro que nadie ha repetido hasta hoy y que lo coloca entre las más grandes leyendas de este deporte.

El vasco Joseba Beloki, tres veces podio en el Tour y uno de los mejores ciclistas españoles de los últimos veinte años, reconoce a VICE Sports que Bartali es uno de esos ídolos que hace ganar adeptos a la causa. “No hay historia mejor que la suya para aficionarse al ciclismo”. Al preguntarle por las diferencias entre las competiciones de los años cuarenta y las actuales, Beloki piensa que se ha pasado de “la supervivencia, la épica y la inconsciencia al marketing. Todo ha cambiado de la noche a la mañana”.

Benito Mussolini y un adolescente soldado italiano en 1944. Imagen vía Wikimedia Commons

Un secreto que se negó a ser eterno

Bartali se retiró del deporte de competición en 1954, luego se dedicaría a dirigir equipos ciclistas y a ser comentarista de televisión en la RAI . Pero la maravillosa historia de Gino aún aguardaba una gran sorpresa, y es que lejos de querer demostrar que también había sido un héroe fuera de las competiciones, Bartali se llevaría a la tumba el mayor secreto de su vida: No contó a nadie, ni a su propia familia, lo que hizo para ayudar a todas esas personas.

Fue en 2003, tres años después de su muerte, cuando los hijos del antifascista Giorgio Nissim descubrieron unos papeles donde se detallaban las rutas que realizaba Bartali para transportar los documentos falsos. Para Franc Lluis este silencio “demuestra que le preocupaba más hacer el bien que aparentarlo”.

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