¿Antisemitas por omisión? Por Adolfo Coronato

Daniel Muchnik vuelve sobre los sucesos mundiales de la primera mitad del siglo XX, una temática que conoce bien, y afirma que los que se precipitaron entre 1933 y 1945 tienen una vigencia y unas consecuencias extraordinarias.

En El rechazo mundial a los judíos, 1930-1940, ofrece una visión provocadora, desprejuiciada y sin concesiones sobre uno de los períodos más oscuros de la Historia. 
Para Muchnik, periodista y licenciado en Historia, no sólo el nacionalsocialismo fue el responsable de la hecatombe de la Segunda Guerra y del genocidio de unos seis millones de judíos; el antisemitismo también anidaba en el régimen de Stalin; Polonia, Francia o Rumania, entre otras, eran tan racistas y antisemitas como la propia Alemania, en tanto las elites dirigentes del Occidente capitalista y cristiano hacían gala de una hipocresía sólo homologable a una vil complicidad. 
El autor cita una reunión de 32 países que en julio de 1938 se reunió en Evian-des-bains (Francia) por iniciativa del presidente Franklin Roosevelt para refugiar a medio millón de judíos bajo el acoso del nazismo. Pero sus representantes, entre ellos Tomás Le Breton de la Argentina, escribieron una de las páginas más negras del siglo al negar en bloque el socorro.

Muchnik describe el clima de depresión y desasosiego que sobrevino tras el crack económico de 1929-30, el auge de movimientos reaccionarios y el triunfo de los nazis en 1933 durante la agonía de la República de Weimar. La excusa del estrago económico, agrega, aumentó la responsabilidad del mundo frente a las persecuciones, primero, y el genocidio, después. En ese marco, destaca las leyes raciales de Nüremberg (1935) la construcción de campos de concentración y el estallido de la Noche de los Cristales (1938). 

Ninguna de las cúpulas eclesiásticas alzó su voz. Esa Europa amenazada lleva al autor a auscultar en los pliegues del II Reich (1871-1914) y en la Primera Guerra, donde con citas excelentes de historiadores y especialistas describe lo que llama “la tormentosa trayectoria ideológica del nacionalismo y el antisemitismo”.
Otro acierto narrativo es el paralelo entre los hitos de la guerra y el camino hacia el Holocausto, como la Conferencia de Wannsee que decide la solución final (enero 1942) o la invasión de Rusia (junio 1942) que acelera el exterminio por escasez de alimentos y transportes. 
Muchnik analiza el arraigo en Argentina de pequeñas colonias judías desde 1870 y el aluvión inmigratorio con sus formas de antisemitismo (Ley de Residencia) y el único pogromo que tuvo el país, a cargo de la ultraderechista Liga Patriótica (1919). 
También el auge del nazismo por el respaldo de políticos e intelectuales nacionalistas, católicos y militares durante y después de la Segunda Guerra, así como la diplomacia de Perón en ese trance. Las formas más o menos encubiertas que tuvo el rechazo a los judíos en varios países latinoamericanos y en EE.UU. ocupan varios capítulos. 
El genocidio industrializado nazi no se implantó de un día para otro, afirma Muchnik, aunque también es cierto que de los seis millones de judíos del Holocausto, unos 2,9 millones fueron asesinados por hombres que estaban a unos metros de ellos; a nadie se obligó a matar o fue castigado por no hacerlo, comenta el británico Michael Burleigh. 
También se pregunta por qué Auschwitz y otros campos, que también funcionaban como fábricas de pertrechos, no fueron atacados por los aliados.

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