La doble vara de Javier Bardem: de la crítica sistemática y boicot a Israel a trabajar en una serie estadounidense por un contrato millonario

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Al tiempo que lidera la iniciativa para cancelar y vetar cualquier colaboración con productoras, festivales o cineastas de Israel bajo el argumento de la ética pacifista, el actor español no tiene ese mismo problema cuando se trata de Hollywood, incluso cuando Estados Unidos lanzó una ofensiva militar sobre Irán a principios de este año.

El lanzamiento de la nueva versión de Cape Fear —protagonizada antes por dos gigantes: Robert Mitchum y Robert De Niro— capturó la atención del público global, impulsado por la expectativa de una historia respaldada por Martin Scorsese y Steven Spielberg como productores ejecutivos.

Hubo críticas al formato de diez episodios por su duración y reiteraciones, pero muchos críticos rescataron la actuación del español. Por ejemplo, la reseña de la revista Time, firmada por Judy Berman, aseguró que el trabajo del actor «casi por sí solo justifica el proyecto».

Berman elogió su capacidad para moldear al villano Max Cady a su propia imagen, definiéndolo como un «maestro del encanto y la amenaza» que logra introducir ambigüedad donde los guiones se vuelven demasiado explicativos, manejando a la perfección los matices entre la ira y la seducción.

Un actor ambiguo

Ambigüedad parecería ser la palabra clave para Javier Bardem, quien, curiosamente, se hizo famoso en Estados Unidos gracias a otro personaje perverso, el Anton Chigurh de No Country for Old Men (2007).

Esa consagración le valió su primer premio Oscar y consolidó una fortuna que hoy, según estimaciones del mercado y consultoras financieras, oscila entre los 30 y 45 millones de dólares. La práctica totalidad de ese patrimonio neto proviene de salarios y contratos gestionados desde Estados Unidos.

Durante los años más cruentos del conflicto en Irak (2003-2011), un periodo que dejó un saldo de miles de víctimas civiles tras la invasión norteamericana, el actor español no aplicó a Hollywood el estándar de «complicidad gubernamental» que hoy le exige a los cineastas israelíes.

Por el contrario, su carrera internacional se expandió gracias a los dólares de los grandes estudios de la potencia invasora, participando en producciones como Collateral (2004, Paramount Pictures), Vicky Cristina Barcelona (2008) o Eat Pray Love (2010, Columbia Pictures).

Poco que ver con Marlon Brando

A diferencia del gran Marlon Brando, que puso en juego su carrera al rechazar en 1973 el Oscar a mejor actor por su icónico papel en El Padrino (en su lugar envió a la actriz y activista Sacheen Littlefeather para protestar por el trato de Hollywood hacia los pueblos originarios), Bardem apuesta muy poco para sostener sus ideas.

Por ejemplo, se adhirió a la campaña Film Workers for Palestine —donde firmó un compromiso de no colaborar con instituciones cinematográficas, festivales o productoras de Israel—, cuando las posibilidades de que trabaje en esa industria son prácticamente nulas.

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En cambio, cuando se trata de la maquinaria audiovisual estadounidense, la severidad ética se diluye en pos del beneficio profesional, como queda bien claro en el caso de Cape Fear.

Aunque se presenta ante el público masivo como una firma de consumo «moral», Apple mantiene una estrecha relación de suministro y logística (aunque no vinculada al combate) con el Departamento de Guerra de Estados Unidos. Apple comparte inversiones paralelas en la contratación de la empresa MP Materials para asegurar el abastecimiento doméstico de tierras raras necesarias tanto para componentes de hardware militar (como los cazas F-35 y submarinos nucleares) como para dispositivos comerciales.

Asimismo, el Pentágono aprobó oficialmente el despliegue de iPhones y iPads en sus redes seguras para optimizar la logística militar y el uso operativo de los pilotos de la Fuerza Aérea.

Al parecer, nadie le avisó a Bardem que estaba rodando una miniserie con una empresa de una corporación con contratos con la maquinaria militar estadounidense. Y que, según denuncias de sus propios empleados, después del ataque de Hamas del 7 de octubre del 2023 su programa de beneficencia corporativa duplicó donaciones a organizaciones israelíes, algunas de ellas operando en Judea y Samaria.

Israel Económico

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