Una metáfora de la lucha entre sunitas y chiitas. Por Leah Soibel

La milicia libanesa chiíta Hezbollah está en el medio de la gran batalla del mundo musulmán, una batalla de poder entre sunitas y chiítas, representada por las dos cabezas más visibles de esta lucha por la hegemonía regional: Irán y Arabia Saudita. En este contexto, juega un papel dual: correa de transmisión de las estrategias militares y terroristas de sus patrones, el régimen de los ayatolás, y partido político con una extensa red social en su país. Una dualidad que presenta un difícil equilibrio, máxime cuando la estabilidad política en Líbano es una quimera y la región del Medio Oriente está sumida en una tormenta perfecta.
Con este panorama, la situación de Hezbollah afronta cada vez más a una realidad insostenible. Vemos cómo fuera del Líbano los países del golfo, con Arabia Saudita a la cabeza, han dado un paso importante, aunque retórico, para considerar a la milicia una agrupación terrorista (Hezbollah ya era considerada una organización terrorista internacional por Estados Unidos y la Unión Europea). Además, en los últimos años se han enfangado en el conflicto interminable que representa la guerra en Siria, empujados por su alianza con Irán y el régimen de Bashar al Assad. Dentro de su país, Hezbollah es incapaz de conjugar con las distintas fuerzas políticas, sociales y militares del Líbano para formar gobierno, y pone además a la comunidad chiíta de su país en el punto de mira de los yihadistas del Estado Islámico y Al Qaeda. Hezbollah y su papel dentro y fuera de Líbano es la representación más palpable de un país que camina hacia el fracaso, empujado en la sombra por el omnipresente Irán.
El paso del tiempo demuestra que este tipo de estructuras que nacen como impulso político pero que se desarrollan con base en golpes terroristas y aventuras militares de difícil justificación terminan en la brusca rampa de la descomposición y la corrupción. Según teje redes de influencia más allá de sus fronteras, termina aliándose con el hampa para crecer y sobrevivir. Lo vemos con frecuencia en América Latina, donde se han involucrado en casos de drogas, tráfico de armas, mafias criminales… qué lejos están estas actividades de las verdaderas necesidades de la gente en Líbano a la que dicen apoyar. La dualidad de la que hablábamos termina por deslizar a esta organización por el camino de la descomposición moral, que deja además un rastro de sangre inocente tras de sí, frente a lo que se supone que debería ser un partido político que busca el bienestar de su pueblo.
Es necesario hacer una lectura de las alianzas de Hezbollah y la supuesta rehabilitación de Irán para la comunidad internacional. De nada sirven los acuerdos con este régimen, que pretendidamente buscan aplacar las amenazas a la seguridad internacional, si luego mantiene de forma descarada su patrocinio a la milicia libanesa. Hezbollah lleva años aprovechando el caos sirio para trasegar armamento entre fronteras que luego apunta contra Israel. Una de las últimas pruebas de esta espiral de la organización chiíta ha aparecido en Panamá.
Resulta que en el escándalo de los Panama Papers están involucrados individuos con estrechas relaciones tanto con la organización terrorista y el narco mexicano como con Irán. Está claro que Hezbollah es, cada día más, un elemento que distorsiona una posible solución para la paz en el Medio Oriente.
Fuente: Infobae.com- Columna de opinión

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