Una marcha por la vida, caminando desde el horror y el pasado. Por Marcelo Birmajer

Escribo estas líneas desde un hotel en Tel Aviv, el sábado 14 de mayo de 2016.

Aunque afuera el mar y el sol definen el día, y estoy a un paso de la costa, la ventana de mi cuarto da a ras del piso de la avenida Hayarkon, sobre un tramo extraño de la calle Eliezer Peri, una especie de buhardilla subterránea que me recuerda sin sentido los años de clandestinidad que pasaron casi todos los líderes de Israel en los años previos a la creación del Estado, durante la lucha por la independencia contra los ingleses.

No he llegado aquí desde cualquier lado ni en cualquier momento. Vengo de Polonia — de Varsovia, Cracovia, Tarnow, Bedzin-, donde los judíos fueron en total 3 millones y medio, cincuenta por ciento en ciudades como Tarnow o Bedzin, treinta por ciento en Varsovia o Cracovia, un cuarto en Lublin; y hoy sólo quedan los cementerios y unos pocos miles.

En esta Tel Aviv abierta en shabat, con muchos de sus grandes negocios cerrados pero con otros pequeños aprovechando la oportunidad, los judíos quizás no puedan decir con Serrat que nacieron en el Mediterráneo, pero sin duda renacieron aquí. Acaban de celebrar 68 años de independencia del Estado de Israel. La idea de que un pueblo regrese a sus orígenes luego de dos mil años y reconstruya un idioma hasta entonces de uso exclusivamente litúrgico, para el habla cotidiana de apenas un par de millones de personas en un territorio ínfimo, es de por sí más propia de la ciencia ficción que del realismo mágico. Pero que hayan logrado todo eso luego de pasar por el intento de exterminio nazi … no puede ser abarcado por ninguna definición.

Acompañé a un contingente de más de cuatrocientos argentinos, y alrededor de nueve mil adolescentes, adultos, septuagenarios y octogenarios de distintas partes del mundo -Francia, Canadá, Japón, Bélgica, Colombia, Panamá, México, Israel, Estados Unidos, Inglaterra, entre otros- en ese periplo asombroso, recuperado en este recorrido de conocimiento y conmemoración llamado Marcha por la Vida, que ya va por su edición número 28. Los pocos cientos de miles de judíos que sobrevivieron a la Europa nazi y arribaron a las costas de Tel Aviv lo hicieron a su propio riesgo. Sobre la playa, tres grandes carteles recuerdan la llegada de esos inmigrantes desesperados, ilegales antes del 48, bienvenidos después, pero que ni bien pisaban la arena recibían un fusil para defenderse de la invasión de cinco ejércitos árabes en el mayo en que Ben Gurión, desde una pequeña casa en la avenida Dizengoff, declaró la independencia del país. Visité la casa, con la misma mesa larga, el cuadro de Herzl, el fundador del sionismo moderno, presidiendo la sala, parece tan pequeña … La historia recomenzó aquí.

También el cartel que preside la entrada a Auschwitz 1, “El trabajo los hará libres”, me resultó extremadamente pequeño comparado con lo siniestramente imponente en las películas; el campo de exterminio en sí, en cambio, Auschwitz Birkenau, me asombró por su extensión: una necrópolis pero no en el sentido de cementerio, sino una ciudad cuya única finalidad era la producción de muerte, como una mercancía sin intercambio. ¿Cómo podían vigilar a tanta gente en un espacio tan extenso? Y sin embargo, incluso los intentos de escape acabaron en una completa derrota.

Los sonderkommandos, los escasos judíos que los nazis mantenían vivos para que se encargaran de retirar y manipular los cadáveres, se rebelaron en Auschwitz, Sobibor, Treblinka …. En Auschwitz los mataron a todos. Los campos de exterminio estaban rodeados de una población polaca hostil y enterada; a alguno de los muy pocos que lograban escapar, algún polaco los terminó de rematar. Algún excepcional fugado recibió ayuda. Aquellos polacos que arriesgaron su seguridad para proteger a los perseguidos, son hoy recordados como Justos entre las naciones. De los tres millones y medio de judíos polacos, apenas sobrevivieron 250.000 al terminar la guerra; a 46 de ellos, los asesinaron los propios polacos de la ciudad de Kielce, cuando pretendieron regresar a sus hogares.

Entre los cuatrocientos argentinos, la gran mayoría, incluyéndome, desciende de polacos que perdieron a sus familias en las calles de Varsovia, Lodz, la región de Galitzia.

Pero saberlo no disminuye mi sorpresa cuando, recorriendo el barrio judío de Varsovia, la señora Zulema Colesnikow encuentra la casa donde vivió su madre, en el número 23 de la calle Ogrodowa; enfrente, en el número 26, vivió la abuela de la nuera de otra de las participantes, Juana Irlich, A pocas cuadras se extiende Krochmalna, la calle en cuyo número 10 Isaac Bashevis Singer, el premio Nobel de Literatura, pasó su infancia, sobre la cual escribió “Historias en la corte de mi padre” y “Más historias en la corte de mi padre”; su madre y su hermano Moshe perdieron la vida en el genocidio.

Polonia es un país vegetalmente exuberante, con los “mil distintos tonos de verde” catamarqueños; en la actualidad, resplandeciente, limpio, próspero: en absoluto parece un país intentando recuperarse del atraso soviético. Pero cuando se visita el cementerio judío de Varsovia, el pasado empuja nuestras almas hacia el abismo: entre centenares de tumbas de los más destacados integrantes de la sociedad polaca — escritores, científicos, educadores- aparece un ground zero, un extenso predio de tierra arrasada: una fosa común. El Consejo Judío del gueto de Varsovia, donde los nazis los confinaron y comenzaron a matarlos en 1940, debió tomar una decisión inefable, cuál de los dos preceptos religiosos transgredir: el de sepultar inmediatamente a los muertos, o el de darle a cada muerto una lápida con su nombre. Ambas cosas no eran posibles con los cientos de miles que morían en pocos meses. La fosa común privilegió enterrarlos inmediatamente, más salubre para los escasos sobrevivientes.

Para hacinar a los judíos en el gueto, hizo falta desalojar a los polacos que vivían allí, que a su vez se quedaron con las casas de los judíos.

Mientras recorremos el gueto, un señor polaco, con la panza afuera, sale a gritarle al guía que es feriado, que quiere estar en paz, que interrumpamos ya mismo el recorrido. Nunca antes comprendí con tanta claridad la expresión la paz de los cementerios.

En Bedzin, de una población total de algo menos de 40 mil personas, los judíos eran más de la mitad. Los mataron a todos. Quemaron la sinagoga. Los nazis dejaron muchas sinagogas intactas, tanto en Varsovia como en Cracovia; el contingente de Marcha por la Vida celebró un emotivo shabat en una sinagoga de Cracovia. Pero de la de Bedzin apenas quedan dos pilares en una plaza, con una placa recordatoria, a la que nadie presta atención.

En Auschwitz Birkenau, en Treblinka, en Majdanek, asistí a mi horrible cita con la Historia, las cámaras de gas, allí están, aún las sombras azules del Zyklon B infectando el techo. Las latas del gas venenoso apiladas; los cabellos, los dientes de oro, los zapatos de las víctimas.

Carlos Sznajderhaus, uno de los participantes argentinos, está saliendo de Auschwitz. Se toca la cabeza. Me mira sorprendido. Perdió la quipá. Quedó allí adentro. La mayor parte de la familia de su padre sufrió un destino similar.

Héctor Galpern descubrió en su adultez que su padre había formado una familia previa, en Polonia, y que su hermanastro, el de Héctor, había sido asesinado en Auschwitz, luego de formar parte de un contingente de niños a los que los nazis llevaron a Terezín, otro gueto, para engañar a la Cruz Roja. Los usaron como prueba de que trataban bien a los niños. Los mataron a todos. Ambos padres, el de Carlos y el de Héctor, se negaron a hablar al respecto durante todas sus vidas. Ambos hijos buscan el pasado en esta desolada y moderna tierra europea.

Cae el sol, y el shabat, en Tel Aviv. “… lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites” (Gabriel García Márquez).

Fuente: Clarín

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