La Aldea. Por Pilar Rahola

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Esa aldea global que McLuhan acuñó en La galaxia Gutenberg va cumpliendo los pronósticos. En su tiempo, en los sesenta, el cambio trascendental que se había producido era la aparición de los medios audiovisuales, que pronto superarían a los escritos. El impacto de la televisión convertía el ancho mundo en una pequeña aldea global que llevaba al espectador a vivir como propios acontecimientos que ni estaban en el lugar ni ocurrían en ­directo, olvidando la parcialidad de su contenido. Lejos de la información ­escrita, que presenta una distancia entre los hechos y la lectura, y ­puede vacunar contra la irrealidad, el nuevo mundo comunicativo era inmediato y sin filtro y creaba el espejismo de ser el todo, cuando era una ínfima parte de la realidad. De ahí que los receptores de información pasáramos de vivir en ese ancho mundo a ser habitantes de una aldea minúscula. Si ello era cierto con los audiovisuales, la eclosión de internet ha estrechado aún más los márgenes: el mundo está más cerca pero se ha hecho más pequeño. Una especie de largavista que envía lejos la mirada pero estrecha las ­miras.

Ese fenómeno de reducción de la realidad es especialmente evidente cuando se informa de algunos conflictos calientes, considerados sensibles ideológicamente, cuya distorsión se basa en dar mucha información, muy parcial y muy manipulada. Nunca antes habíamos sabido tanto de lo que ocurre en el mundo, y nunca habíamos sabido tan poco. El ejemplo más descarnado es el conflicto de Oriente Medio, cuya sobreexposición no sólo no ayuda a comprenderlo, sino que ha sido el fundamento de la montaña de mentiras que se ha construido. Instaurada la tesis ideológica de que Israel es el conquistador y el destructor de derechos, es decir, el malo, todo lo que se informa pasa por ese tamiz que condiciona los titulares, simplifica la compleja realidad del conflicto, embrutece cualquier acción israelí y blanquea cualquier acción palestina, que consigue así una impunidad moral para sus actos más violentos.

Mientras el foco se agranda sobre las decisiones de Israel, se reduce a cero el foco sobre los motivos que las provocan, y así no existen misiles caídos diariamente sobre poblaciones israelíes, ni atentados, ni la implicación de países vecinos, con millones de dólares de financiación del terrorismo. Los israelíes no son asesinados, “se mueren”, como publicó hace poco la agencia Efe hablando de “una joven embarazada que perdió al bebé”, como si el feto se hubiera caído del vientre y no hubiera muerto por los disparos de un palestino. A partir de ahí, ni existe la democracia de Israel, ni la dictadura de Hamás, ni la locura violenta de Hezbollah, ni los atentados. El foco es el soldado israelí, mostrado hasta la saciedad, y el resto no existe.

Metidos en esa aldea informativa, creemos saber algo de la verdad del conflicto, y en realidad, sólo sabemos mucho de la mentira.

Fuente: La Vanguardia

Autor: Pilar Rahola

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