Una historia de supervivencia y el poder curativo de la familiaridad. Por Durdane Agayeva

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En esta época del año, recordamos el Holocausto; los genocidios en Bosnia, Camboya, Ruanda y, lamentablemente, en muchos otros lugares más. Recordamos los rostros de las víctimas y las historias tan horrorosas que escucharlas puede hacer que uno se sienta muy mal. Y con tanto que hay para recordar, todavía existen las tragedias que son menos conocidas, los crímenes contra la humanidad tan horribles que muchos discutirían que es imposible que ocurrieran en una historia tan reciente. Sin embargo, soy una sobreviviente de tal tragedia, la masacre de Jodyalí de 1992, y una de las mujeres sobrevivientes y testigos del campo de tortura de Jodyalí.

Como mujer y musulmana, es extremadamente doloroso reconciliar el horrible trauma de Jodyalí con mi fe y cultura tradicional, y mi vergüenza de sufrir las violaciones de los componentes más fundamentales de mi identidad. Como sobreviviente de la tortura, pasé años en aislamiento en mi casa, viendo películas sobre el Holocausto; la única lente que captura algo relativo a lo que experimenté. Pasé las noches sin dormir calmando mis ataques de pánico con “La lista de Schindler” y “El pianista”.

Vivir en ese mundo de soledad con las películas y pesadillas era casi tan trágico, como las razones por las que he vivido allí. Mi vida se colgaba en algún lugar en un equilibrio del aislamiento total mezclado con la gravedad de las cirugías continuas y extensas para recuperar mi cuerpo de la brutalidad de la tortura y el impacto de la exposición durante mi cautiverio, los procedimientos tales, como recibir los implantes espinales de titanio, con cada segundo de este proceso y el dolor que representaba un recordatorio de su causa.

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Yo vengo de la ciudad de Jodyalí, en Karabaj, una región de Azerbaiyán que alguna vez, fue floreciente y prometedor para mi joven generación en aquellos tiempos. A principios de la década de 1990, todo eso cambió repentinamente. La mayor parte del mundo, ni siquiera, sabe el nombre de Jodyalí, o el hecho de que Armenia perpetró allí una de las masacres más brutales de la historia moderna contra su población azerbaiyana aterrada y en huida. La noche (del febrero de 25-26, 1992) que comenzó la Masacre, corrí por mi vida junto con mi hermano al bosque helado, y fui capturada y llevada al campo de tortura. Tenía tan solo 20 años…

Con una ironía negra, ya entiendo por qué Armenia todavía niega que Jodyalí haya sucedido. Entiendo esto, porque nunca borraré las imágenes de un niño azerbaiyano de 2 años, baleado mientras huía con sus padres, con su cuerpo ensangrentado y suspendido en mi memoria por aquel momento de un impacto espantoso.

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¿Cómo podría alguien enfrentar la matanza de cientos de vidas inocentes, las bayonetas atravesando los cuerpos de las mujeres embarazadas y ancianos, la lluvia de balas fatales sobre los niños que huían y las madres sosteniendo a sus bebés sin vida? Como la víctima, enfrentar mi pasado casi me quiebra. Por lo tanto, supongo que para los perpetradores, la negación debe ser de consuelo tangible.

Siendo una mujer musulmana, siento un cierto e indescriptible dolor al contar al público sobre las torturas brutales y las humillaciones incluso, las violaciones a las que fui sometida durante muchos días en el cautiverio armenio. Compartir esto ha sido una tragedia para mi alma, aparte de las crueldades que sufrió mi cuerpo. Pero me doy cuenta de que al compartirlo, puedo vivir más allá de las sombras de la vergüenza y dar un paso hacia la luz en camino de mi propia curación.

En los últimos años, mi vida ha cambiado drásticamente. Con el inmenso apoyo de mi familia y mi comunidad, he comenzado el proceso de compartir. Las partes ocultas de mi pasado se han hecho públicas y documentadas. He comenzado a hacer un registro de la pesadilla que sobreviví.

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Hasta el febrero de 2015, nunca había visitado ningún país del Occidente. En mi primer día en California, conocí a un líder de la comunidad judía involucrado en los esfuerzos de paz global. Realizamos una entrevista de radio, con un psicólogo iraní- judío y un presentador de un programa. Era un especialista en los sobrevivientes de traumas intensos y el Holocausto. Al conectar mi historia con una psicóloga atenta y mi nueva amiga, ella misma la 3ª generación de los sobrevivientes del Holocausto, me di cuenta de un poderoso sentido de comprensión que aún no había experimentado antes de aquello día.

Este sentimiento se agrandó cuando me enteré del acto conmemorativo de Jodyalí, celebrado en una sinagoga de Los Ángeles, una semana después de mi visita. La respuesta de la comunidad judía al aprendizaje de Jodyalí como un paralelo al Holocausto ha sido transcendental para mi capacidad de compartir y sanar.  El genocidio en Jodyalí se destaca como un ejemplo de las muestras más bajas de la depravación humana.  Pero ahora, a través de los brazos acogedores de la comunidad judía de Los Ángeles, se ha hecho la conexión y se ha roto el silencio. Para mí, esto lo cambia todo.

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A través del poder de mi propia curación, estoy profundamente motivada para ayudar a otras mujeres a enfrentar sus propias historias de supervivencia y, al hacerlo, erradicar la vergüenza y la soledad que persigue al hecho de la tortura y el trauma. Una vez pensé que nunca podría compartir lo sucedido. Ahora sé que al compartirlo, soy parte de un movimiento más grande para sanar, no solo a mí mismo, sino al mundo entero.

Es mi más sincera esperanza inspirar a otros sobrevivientes. Aquellos que en todo el mundo han visto los paradigmas de su inocencia destruidos por el trágico cañón del odio y la opresión, y unirse en un lazo unificado. Fortaleciendo mutuamente entre sí mismos y al mundo. No solo las sobrevivientes de la tortura y el genocidio, sino también las mujeres de naciones que nunca han experimentado la guerra moderna. Ya que muchas mujeres viven con el trauma de la violencia, algunas incluso en sus propios hogares. Creo con certeza, que a través de un creciente compromiso con la familiaridad de todos los que sufren, este mundo se convertirá en un lugar diferente, que nunca permitiría que el dolor y el profundo pesar del genocidio o cualquier tipo de violencia vuelvan a suceder, a nadie, en ningún lugar.

Durdane Agayeva vive en Bakú con su esposo e hija. Puede ser contactada por correo electrónico mediante [email protected] Durdane realmente cree en el poder de las voces unificadas. Espera escuchar de usted, su historia de supervivencia y su compromiso con los derechos humanos para todas las personas.

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