1979: El año que encendió la oscuridad; y el Pueblo Judío que siguió iluminando al mundo. Por Rab Rubén Najmanovich

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Era el inicio de 1979. Yo tenía apenas 19 años, y mi participación en movimientos juveniles me permitía observar el mundo con una mezcla de idealismo, inquietud y responsabilidad. En aquellos días, la Revolución iraní — la llamada Revolución Islámica — avanzaba con una fuerza que pocos comprendían del todo. Lo que comenzó como un proceso de movilización social terminó en el derrocamiento de la dinastía Pahlaví y en la instauración de un régimen religioso que transformaría para siempre el destino de Irán y de toda la región.

Hasta ese momento, Irán era un país donde la vida urbana respiraba modernidad: mujeres sin imposiciones religiosas, jóvenes que asistían a recitales de música europea y americana, estudiantes que soñaban con un futuro abierto al mundo. Paradójicamente, muchos de esos mismos jóvenes fueron quienes reclamaron el regreso del ayatolá Jomeini desde el exilio, creyendo que traería justicia y renovación. No imaginaron que estuviesen abriendo la puerta a una oscuridad que marcaría generaciones.

Hoy, muchos de aquellos jóvenes — ya ancianos — reconocen el error histórico. Y son sus hijos y nietos quienes lideran una nueva ola de protestas, clamando por un Irán libre, democrático y respetuoso de la diversidad religiosa. La historia, como siempre, vuelve sobre sus pasos.

Desde 1979, el nuevo régimen iraní extendió su influencia más allá de sus fronteras. Primero en el Líbano, apoyando al Movimiento Amal, con su líder Hasan Nasrallah — quien luego encabezaría Hezbolá — y respaldando movimientos armados. Después, en otras regiones de Medio Oriente. Finalmente, en América Latina, donde su presencia se hizo sentir en zonas sensibles como la Triple Frontera (Brasil–Argentina–Paraguay), con Paraguay actuando como paraguas para esas redes criminales. Compró la lealtad del dictador Hugo Chávez e intensificó esa alianza con el recientemente capturado dictador narcoterrorista Nicolás Maduro. Bolivia también cayó como presa de su ambición de poder, como si desearan reinstalar una versión del Islam de los siglos VII al XV.

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El kirchnerismo en Argentina también fue seducido, instalándose allí cómplices ideológicos que hoy buscan dónde esconderse. No olvidemos que ese mismo Irán cometió dos atentados en territorio argentino, dejando unos 115 muertos y cientos de heridos.

Redes ideológicas, financieras y operativas se expandieron silenciosamente, generando inestabilidad y sembrando violencia. Más de una centena de atentados a lo largo del mundo. El mundo civilizado, basado en las estructuras Judeo- Cristianas, se vio en estos casi cincuenta años tambalear, frente al terror y el fundamentalismo, que conducía la República Islámica de Irán.

En paralelo, Irán se convirtió en un actor central en la negación del Holocausto y en la hostilidad hacia el Estado de Israel. Mientras el mundo miraba hacia otro lado, desarrolló capacidades militares y tecnológicas que despertaron preocupación internacional. La combinación de ambición regional, ideología radical y desarrollo nuclear convirtió al país en un desafío global.

En este contexto, la frase de un expresidente uruguayo, Julio Sanguinetti, resonó con fuerza: “Israel es la última trinchera de Occidente.”

Más allá de la política, la idea expresa una realidad histórica: Israel se ha visto obligado a defenderse una y otra vez frente a amenazas existenciales. Y lo ha hecho con dignidad, valentía, coraje, fe (emuná) y confianza (bitajón).

La historia judía conoce bien a quienes buscan destruirnos. El Libro de Ester lo expresa con claridad: “Todos se inclinaban ante Hamán… pero Mardoqueo (Mordejai) no se inclinó ni se postró.” (Ester 3:2).
Ese espíritu sigue vivo.

El Israel contemporáneo no se arrodilla ante ninguna nación ni ante ninguna amenaza. Somos un pueblo con dignidad.

A lo largo de la historia moderna, líderes no judíos han expresado con claridad lo que muchos prefieren callar: que el Pueblo Judío y el Estado de Israel representan una fuerza moral, intelectual, espiritual y civilizatoria sin paralelo.

Winston Churchill, uno de los grandes estadistas del siglo XX, afirmó:
“Ningún pueblo ha mostrado más capacidad de recuperación que los judíos. Han sobrevivido a todas las tiranías y han contribuido a la humanidad más que cualquier otra nación de su tamaño.”

Y Angela Merkel, desde el Parlamento alemán, expresó una verdad que trasciende fronteras: “La seguridad de Israel es parte de la razón de ser de Alemania.”

Estas voces, provenientes de contextos, culturas y épocas distintas, coinciden en un punto esencial: la fortaleza del Pueblo Judío no es solo militar; es histórica, ética, espiritual y civilizatoria.

Hoy, la Hidra que durante décadas extendió sus tentáculos — grupos armados, redes ideológicas, alianzas internacionales — comienza a perder fuerza. Vemos cómo la Hidra está perdiendo una a una sus cabezas: Hamas, Hezbolá, Irán, Venezuela, Bolivia, Chile y, prontamente, España. La historia está entrando en un nuevo ciclo. Y el Pueblo Judío, una vez más, se mantiene erguido, unido, consciente de su misión milenaria: ser un faro para las naciones.

Para cerrar, quiero dejar un versículo que no solo pertenece al pasado, sino que ilumina nuestro presente:

“Porque no dormirá ni se adormecerá el Guardián de Israel.”
— Salmo 121:4

En un mundo convulsionado, donde imperios caen y sistemas se desmoronan, esta promesa sigue en pie.

No estamos solos.

Ni estamos indefensos.

Tampoco estamos a merced de la oscuridad.

Y agrego una reflexión:

Mientras haya un judío que se mantenga de pie, habrá luz en el mundo.
Mientras Israel exista, la esperanza no será derrotada.
Y mientras la historia avance, la palabra de Dios seguirá guiando el destino de las naciones.

 

Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich

 

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