Será siempre el Weitzman de Flores, el de la calle Varela, “el shule”. Así lo seguiremos nombrando en cada oportunidad, cuando nos encontramos con los compañeros de estudios, con los javerim del centro juvenil. Al contarle a nuestros hijos y nietos como fue aquel tiempo feliz de la niñez y la adolescencia que en él vivimos.
Sin dudas, seguiremos llamándolo así, “el shule”. Se nos volverá a inflar el pecho, invadiéndonos la emoción cuando revisando cajas de recuerdos nos encontremos con nuestros cuadernos, boletines y diplomas y leamos “Escuela Modelo Profesor Jaim Weitzman.”
No nos digan que cerró, que se acabó. Para todos los que por él transcurrimos es imposible decir esas palabras. ¿Cómo decirlas si sigue vivo dentro de cada uno?
El Shule supo ser lo que dé él se esperaba. La red de contención ideal, fue la familia extendida, ese valor con el que nos criamos comprendiendo el verdadero significado de la palabra Kehila.
Soy de los privilegiados que le tocó transcurrir sus aulas en una época dorada de la comunidad judía argentina, en la cual, la educación formal y no formal dentro de ella, era lo que se imponía. Fue el desvelo de nuestros abuelos y padres en aquellos años, garantizar nuestra formación embebiéndonos de nuestros valores y tradición, perpetuar el idioma, conocer nuestra historia, desplegar nuestro sionismo. Ser continuadores de este maravilloso y sagrado legado milenario.
Allí estábamos nosotros cada día, todos los días.
Dejé sus aulas con mi diploma en 1972, hace mucho ya, pero lo aprendido no se fue jamás. Hasta el hebreo, sin practicarlo, aún puedo comprenderlo y hasta decir algunas palabras. Fue para mí, como seguro para la mayoría, simplemente ayer que todo ello sucedió.
No habrá cerrar de puertas, ni silencio que anule las voces del More Kovensky, el director, corriéndonos haciéndose el enojado ante nuestras travesuras gritándonos “juliganes” en su idish permanente. Tampoco se apagará la voz contenedora de la Morá Schusterman junto a Braine y Batia en el Kindergarten. Nadie podrá callar a la Morá Zehava contándonos como sobreviviente su tragedia personal y enseñarnos la historia de la Shoá. Nada nos hará olvidar a la morá Miriam implorando a dios cuando nos pasábamos de la raya o no sabíamos la lección. Su Got fun iml, quedó patentado en la cultura del Weitzman. Sara, Orna, Morot inolvidables y Celina, que fue y es la madre de todos nosotros.
El more Malaj, el primer profesor de educación física de la red escolar, y el More Skliar, con su piano en las horas de shirá que jamás soporto que yo cantara tan mal, y ni hablar de Zheev que llego para revolucionar las clases de música.
Como olvidar a Alba no dejándonos jugar a la pelota en el salón o corriéndonos cuando hacíamos carreras sobre las sillas de madera como si fueran Kartings. Inolvidable e Oviedo y su complicidad con cada uno de nosotros. O el té que nos preparaban Olga y Felisa. Imposible nombrar a todos, tanto como olvidarlos
El Weitzman, fue también quien nos albergó de una manera única. Aun retumba en sus paredes el bullicio de su kinderclub y su centro juvenil multitudinarios. Donde quién se atreva podrá vernos atentos en los mifkadim, las peulot, y danzando en rondas grandes y chicos.
Hoy le toca al Weitzman, sumarse a la larga lista donde ya están, el Bialik, el Hertzl de Flores, el Hertzl de la calle Tucumán, el Tel Aviv de la calle Helguera, el Yosef Sprinzak, el Jerusalem, el Hertzlia, el Golda Meir, Iona, el Rambam, Amos, el Peretz, el Scholem de Mataderos y otros que seguro olvido.
No hay queja ni reproche, injusto sería que lo hubiera. Hay pena por la realidad. Son consecuencias directas de un achicamiento de nuestra comunidad y una modificación profunda de su población. Un empequeñecimiento paulatino y constante, tanto cuantitativo como cualitativo al que en algún momento se deberá atender con seriedad y profesionalismo.
Estas líneas son un agradecimiento y también una invitación a que otros se sumen a escribir. Hoy es un día triste sin duda, pero nadie ni nada nos puede quitar la enorme cantidad de días vividos y a pleno en Weitzman.
Los que en él crecimos, sabemos que fue así. Nos quedan los recuerdos, los amigos, los ejemplos que supimos seguir, los modelos que admiramos, los afectos que cosechamos. Nos queda una identidad que nos es propia. Somos los del Weitzman y por siempre lo seremos.
Claudio Avruj Ex alumno Promoción 1972